LAS NIÑAS de Pilar Palomero: Sumisión al canto

El misterioso comienzo de Las niñas (opera prima de Pilar Palomero), película ambientada en la España de principio de los 90, muestra un grupo de niñas, en el aula de un colegio religioso, donde se les enseña a fingir cantar a fin de que solo liberen sus voces aquellas “elegidas” (a juicio de la monja que les da clase, claro está) que tengan una mejor voz. Este prólogo, de apenas menos de 5 minutos, desafía al espectador, y la cinta entera, a hablar de la represión humana y psicológica (no solo de un colegio, también de un país y también de las mujeres), que existía mediante la sumisión al ideal moral cristiano de harmonía, belleza y orden (todo ello solo se podrá lograr callando bocas y abriendo las que más convengan). Palomero habla de una educación represora en la que, desde bien pequeños, las mujeres aprenden a callar, a ocultar secretos a las hijas, a las amigas, a las madres…Un triunfo sociológico tradicional en el que las diferentes no tienen espacio.

Hay muchos territorios que se pueden abarcar al hablar de Las niñas: La educación (esa monja hablando del sexo como una consecuencia del matrimonio y cuyo fin son los hijos), la familia (esa madre soltera que nunca llega a hacer las paces con su pasado denotando una mala relación madre-hija) y la cultura (Francisco Umbral en televisión y Héroes del silencio en discotecas). Paralelamente a los distintos ámbitos que se muestran en el film, se encuentran mundos diferenciados: En el interior del colegio se haya la confesión, la culpa y visionados de películas como Marcelino, pan y vino (1954) mientras que, en el exterior, se vislumbra una España, hasta entonces oculta, más abierta a la modernidad, deseando librarse de los corsés de la iglesia, la dictadura franquista y de todos sus herederos resquicios sociológicos (y pese a ello, que actual se siente la película). A fin de cuentas, las niñas del título no quieren quedarse viendo Marcelino pan y vino y no creen tener grandes motivos para confesarse, pero sí que les gusta bailar, cuestionarse el mundo, ser traviesas y, en definitiva, experimentar (y sentir el sufrimiento que todo ello acarrea a esa edad).

Las niñas
Las niñas de Pilar Palomero (2020)

Celia (Andrea Fandós), una niña “anatorrentiana” de once años, conoce a su nueva compañera Brisa (Zoé Arnao), la cual se traslada de Barcelona a Madrid y le demuestra otras formas de ver la vida a Celia y sus amigas. Celia es una niña que conoce el mundo mediante las mentiras de la iglesia y de su madre (ella también empieza a mentir y a sentir ira en consecuencia), se replantea el mundo al ver las incongruencias que existe entre la iglesia y el mundo exterior, entre su madre y sus abuelos, entre Madrid y Barcelona. En definitiva, lo confuso y deliberadamente diverso que es el mundo ante la constante idea de que el mundo es “uno” y no “varios”, lo cual parece ser el rompecabezas absoluto (aquel que pinta de negro los felices años de la infancia) de un adolescente A través de la historia de Celia, parece que cualquier espectador podrá hallar su propia vida en ella y es ese, y no otro, el mayor logro de Las niñas, el triste regalo de nuestra historia como país (las niñas) y como individuo (Celia). Una película más a sumar a la tendencia de los últimos años de algunas cineastas como Carla Simón (Verano 1993) y Lucía Alemany (La inocencia) por narrar la infancia y adolescencia femenina en España desde los años 90 a nuestros días, lo cual convierte estas películas en un deseo de narrar lo «invisible» y de filmar el recuerdo (el formato de Las niñas encierra a sus personajes en un sueño que a los espectadores contemporáneos les parecerá una lucha entre lo onírico y lo real). Y, por si fuera poco, Palomero nos regala la mejor película de este 2020 hasta el momento con un final que ya se encuentra a las puertas de los momentos memorables de nuestro cine ofreciendo una visión luminosa de un cuento tan triste como el nuestro.