ANTIDISTURBIOS de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña: La adrenalina de lo social

Entre drogas, en el cuarto trasero de una discoteca, un antidisturbios (recién llegado al cuerpo de la policía nacional), que además es un acosador y maltratador de mujeres, escucha discursos inconclusos a favor de la cultura del toreo como un sentimiento arraigado en la cultura española: el arte y la belleza de sobrevivir frente al enemigo (ya Carlos Vermut hizo un símil parecido en su Magical girl comparando el temperamento ibérico con el arraigo de, toda ya una tradición, la lucha entre el instinto y la razón en España). Esta escena (que tiene lugar en el episodio número 5 de Antidisturbios) podría ser una, por otro lado nada sutil, confesión del cine de Rodrigo Sorogoyen: La supervivencia de los picaros institucionalizados como eje articulador de una gran maquinaria que es “el reino” corrupto de España. A Sorogoyen (y a su co-guionista habitual Isabel Peña) le interesan la corrupción urbanística, policial, judicial, política…etc.; y las entremezcla en su cine con nervio, adrenalina, espectáculo y, quizá la parte más floja de su cine, con denuncia. Si bien Rodrigo Sorogoyen no es un cineasta del que adore todas sus películas (me considero muy admirador de Stockholm, Que Dios nos perdone y el cortometraje de Madre y bastante menos me parecieron la afamada El reino y el largo Madre), sí que encuentro en él un pulso narrativo que pocos cineastas tienen y es lo que podríamos llamar “la adrenalina de lo social”.

Este viernes 18 de octubre se estrenó en Movistar+ la miniserie Antidisturbios (Creada por Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña y guionizada por los mismos más la colaboración de Eduardo Villanueva), serie que retrata las consecuencias que recaen sobre un grupo de antidisturbios en una operación de desahucio al haber un fallecido debido a una serie de errores policiales y administrativos; los cuales, todos encubiertos y normalizados, orbitan entre la violencia y la corrupción. Es así como Sorogoyen y Peña no establecen una simple denuncia social una vez más, sino la constatación de toda una forma de hacernos ver cómo funciona el mundo y la respuesta de este cineasta no es otra que grandes sustantivos: violencia y dinero (nada nuevo bajo el sol). La trama de Que Dios nos perdone, El reino y Antidisturbios dan relieve a personajes, en el sentido más tradicional de la tragedia (pues la tragedia de los “¿monstruos?” que pueblan las instituciones son al final una metáfora de la tragedia del país en el que se encuentran), cuyo carácter es la testosterona que alimenta la agresividad de unos machitos suministrada por el estrés de las propias administraciones. Un círculo vicioso, complejo y, según parece, irresoluble.

Teaser tráiler de 'Antidisturbios', por Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña
Un fotograma de Antidisturbios

A medio camino entre la caricatura (En Antidisturbios Sorogoyen evita los efectismos propios de este ámbito que eran más patentes en la desafortunada El reino) y el hiperrealismo (los planos secuencias que “muestran más que narran” como toda una marca de la casa Soregoyeriana), se halla en Antidisturbios la difícil misión de retratar a los “odiados” e “incómodos” policías o cuerpo antidisturbios. No es menester de Sorogoyen juzgar a sus criaturas (que sería algo más facilón) pues lo que Antidisturbios propone es ir de lo más superficial (la violencia y muerte de un extranjero en un barrio pobre de Madrid debido a un desahucio desafortunado en todas las formas pensadas) a lo más real e intrínseco (la corrupción de una institución con otra, y esta a su vez con otra, y esta con otra…y así) y, por si fuera poco, los antidisturbios en su vida privada no son unas malas personas (tampoco lo son explícitamente en su trabajo): Algunos tienen depresión, otros les duele la espalda y quieren “colgar la porra”, otros no están capacitados por su nervio y otros, tal cual, solo quieren “ser útiles”. Sin embargo, la protagonista de esta serie es una agente de asuntos internos que cree en valores morales muy elevados y es por los mimos, y por lograr un poco de justicia, que se ve obligada a bajar a los infiernos. “Los huesos nunca crecen sin dolor” como diría un personaje terrorífico de esta serie.

La cadena de la corrupción y la violencia es infinita y es narrada con espectáculo y virguerías formales llenas de nervio (propias de ese estilo que tanto caracteriza a su director) pero ello no resta la capacidad que Sorogoyen otorga a sus criaturas de mirar hacia abajo (final de la serie) y cuestionarse el mundo, su mundo, e incluso su modus operandi. Sorogoyen ha realizado un trabajo interesante dejando ver que la maldad del mundo, contra la que se lucha en la serie en distintos ámbitos, nunca dejará de estar presente ni en los organismos ni en lo humano (ambas cosas son, si se piensa profundamente, lo mismo). El espectador más reaccionario quizá sienta deseos de que los antidisturbios se vieran más monstruosos (allá cada cual con su sesgo), la serie muestra y deja libertad al espectador para decidir sin tramas absurdas y sobrantes (El reino parecía una película de espías y sí que era, en mi humilde opinión, una caricatura del político “chorizo”) lo que está viendo (violencia, miedo, corrupción, buenas y malas personas…).

La indignación ideológica y la pornografía, allí donde se espera que el espectador gire la cabeza con rechazo haciendo una negación a lo que ve en pantalla, parece ser el terreno en el que la tercera edad dorada de las series se está instalando: En la indignación que seduce y atrapa con el poder de las imágenes (Y Sorogoyen es el perfecto flautista). Sin embargo, el talento de su cineasta con las imágenes (hay dos planos secuencias que deslumbran, muchos ángulos muertos de cámara y grandes intérpretes) parecen estar al servicio de una tragedia que no deprime con efectismos, sino que emociona con una resolución humana que, además y por si fuera poco, no sermonea. Con todo esto no solo quiero decir que Antidisturbios es trascendente, humana, trágica, “adrenalínica” e interesante, sino que es también un ejemplo de como un gran cineasta (que ya había dado pruebas de ello en el mainstream audiovisual español) ha madurado su estilo y empieza a (sin renunciar al mismo) a catalizarlo y a darle una forma cada vez más intensa, interesante y, ¿Por qué no?, entretenidísima.

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