EL OFICIAL Y EL ESPÍA: «La transfiguración del delito»

Muchas veces, la imparcialidad resultante frente al juicio general de una obra en concreto, resulta casi insignificante cuando la línea narrativa de la trama, el concepto moral o la reflexión condicionante de la temática, viene condicionada por la adecuación de una situación real que vendría a ser habituada, tratada y transfigurada en la propia película.

Es inútil hablar de la vida de Roman Polanski, de sus embriagadoras grandezas y ampulosas miserias, puesto que es una vida condenada a ser conocida por muchos, analizada, malinterpretada…una vida que carece de ese imperioso carácter de privacidad, incluso en lo más hondo de sus cimientos. Inútil, en este momento, hablar de la vida de Roman Polanski, pero es muy consecuente hablar de la importancia oculta que tiene su última película, “El oficial y el espía”, en base a la reputación o a la figura de Polanski en la mismísima actualidad.

Era 1984, y Alfred Dreyfus fue acusado de alta traición a Francia por proporcionar información sobre las sistematizaciones del ejército a Alemania. Sin una prueba investigacional de peso, fue condenado a cadena perpetua y exiliado a la isla del Diablo. “El oficial y el espía”, por tanto, desdobla la información correspondida de la injusticia frente a una cabeza de turco, provista de una narración incisiva, cortante, en el que el dispositivo formal entronca con la fecundación introspectiva del acontecimiento, fría, tétrica, ininteligible.

La transfiguración del delito, servida por el instinto y la necesidad por llegar a la verdad, se corresponde como una película de urgencia en la obra de Polanski, quien ve en Dreyfus las convergencias suficientemente oportunas para asemejar los errores apuntillados en la figura de un cineasta tan inmenso como desdichado.