«LA INOCENCIA»: La culpa de la adolescencia

Rara vez se encuentra uno en estos días con películas con la particularidad de capturar la vida, como es tal cual, sin adornos ni excesos incensarios. Lucía Alemany, la brillante directora novel de La inocencia, película que incomprensiblemente se ha quedado con tan solo dos nominaciones a los próximos premios Goya, ha conseguido ese raro “milagro” que sucede en pocas ocasiones al ir al cine: Representar lo conocido como si fuera algo que no conseguimos ver en su totalidad hasta que nos alejamos en la distancia de la pantalla. El fin no es otro que ver las alegrías y penurias de la adolescencia desde la visión de Lis (estupenda Carmen Arrafut), una adolescente de dieciséis años que pasa el verano en su pueblo. Con un foco claramente femenino, Alemany nos habla de las primeras visitas a la discoteca, del primer amor, de las primeras relaciones sexuales, del distanciamiento con algunas amigas y el acercamiento de otras nuevas y de la incomprensión familiar y social que llevan a la deriva a su interesante protagonista.

En medio de todo ello, un embarazo no deseado aparece en la vida de Lis, quien se debate durante casi la segunda mitad de la película no en el dilema ético del aborto en sí, sino en cómo decírselo a sus tradicionales padres sin que estos se enfaden. A partir de este acontecimiento (en principio catastrófico), una serie de sucesos llevan a Lis y a su madre a cambiar su percepción del mundo, a unirse más y, en definitiva, lo que sería todo un alegato en contra de lo que podríamos denominar como “culpa”. De ahí, también que encontremos una feroz crítica al chismorreo que va en contra de la forma de vivir la vida que tengan los demás, aunque sea distinta a la propia. Esto puede verse en la pelea que tiene Lis con una amiga que insulta a los homosexuales, la visión demonizada que se tiene en el pueblo de una madre soltera que es naturista o el deseo que tiene Lis de ser acróbata de circo. En pocas palabras, una película esperanzadora y a favor de los diferentes que reclaman a pleno pulmón su derecho a serlo.

«La inocencia»

A medio camino entre la concienciación social, cierto aire burlesco en sus personajes masculinos (machistas y patéticos en su mayoría) y el cine fabulesco, La inocencia parece encontrar en un enfoque a medio camino entre la comedia y el drama la oportunidad de darnos cuenta de que la adolescencia sigue siendo un campo de minas, tanto ayer como hoy, del que se aprende y del que se puede salir victorioso. Pese a la existencia de este enfoque de su directora, que no niega la belleza residente en esa época de la vida (quizá con cierto aire nostálgico que se parece a un recuerdo), Alemany parece interesada también en representar otras cosas: la forma de vida de los pueblos casi de forma milimétrica que podría llegar a pecar de parecer “calculada” de no ser por la naturalidad que desprende en cada uno de sus planos o las relaciones tóxicas de la adolescencia con un personaje masculino que, pese a su sensibilidad, parece ser el tráiler de un futuro maltratador.

Al mismo tiempo, La inocencia relaciona el contexto de su protagonista en contraposición a su manera de ser (que está más ligada a una escuela de circo en Barcelona que a la represora forma de ser y vivir en el pueblo). Fuere como fuere, el viaje de Lis es un viaje que interesa y que nos gusta ver, empatizamos con ella y la vemos real como la vida misma. Y todo ello hace de La inocencia un delicioso manjar cinematográfico que gustará y emocionará a gran parte del público. Sin duda, una hermosa y pequeña película que, pese a no destacarse por su originalidad, sí que destaca por su capacidad de capturar la esencia de la frustrante perdición de la adolescencia, sin negar su belleza ni sus horrores.