LA HIJA DE UN LADRÓN: «Ser una persona normal»

Belén Funes se inicia en el mundo del largometraje con la genial La hija de un ladrón, película que pudimos ver en la última edición del festival de San Sebastián y que protagonizó, junto a la soberbia La inocencia de Lucía Alemany, la temporada de grandes óperas primas españolas del 2019. La hija de un ladrón narra la historia de Sara (extraordinaria Greta Fernández), una joven de 22 años que tiene a su cargo un bebe propio y a su hermano y que sigue enamorada del padre de su hijo de forma no correspondida y cuyo padre (un soberbio Eduard Fernández, padre en la vida real de la actriz protagonista) es digno de recordar por sus años de ausencia en la cárcel. La trama pone a Sara en medio de un complicado tablero de ajedrez vital en el que tendrá que plantearse si el principal inconveniente para solucionar sus innumerables problemas es deshacerse, o no, de su padre, con el que mantiene una relación poderosísima y tóxica llena de amor, odio, resentimiento y, en definitiva, de extrema necesidad.

La hija de un ladrón

Al pensar en lo que hace extraordinaria, por muchos motivos, a La hija de un ladrón pienso mucho en el foco de su directora, que no consiste en acentuar exclusivamente (como hacen otras muchas películas del género) las continuas luchas estoicas de un personaje, el de Sara, absolutamente machacado por el sistema en un barrio obrero, sino por contar también la ausencia de afecto en su vida. La valentía de Belén Funes es esa, la de retratar a una joven que parece chillar a pleno pulmón en cada plano de la película sin que nadie, que no esté en la sala viendo su historia proyectada (los que realmente le importan a Sara), parezca escucharla o prestarle atención. Para el espectador no solo queda una historia que deja poso especialmente por el formidable trabajo de sus actores sino por la empática visión de su directora, que se traslada a la audiencia de manera significativa y le inmiscuye en el corazón y en la superficie de este frágil personaje que se considera «normal» a sí mismo. Esto revela muchas preguntas a la audiencia de la película entre las que se incluyen algunas sin respuesta como «¿Hay esperanza para las personas normales?»

Funés no responde a la pregunta porqué le interesa hacérsela a la audiencia con Sara como intermediario, que no es otro que el principal objetivo de las películas sociales: Lanzar un mensaje cargado de preguntas y connotaciones tan psicológicas como sociales acerca del abandono y el foco a los más débiles de la sociedad. Cabe destacar también el profundo estudio de personajes padre-hija que realiza la directora con sus dos actores principales, demoledores siempre que comparten pantalla. Sin duda, una importante obra para ver y reflexionar que funciona excepcionalmente bien tocando las teclas que busca tocar sin caer en la sensiblería, pornografía o en la pedantería. Un dramático y conmovedor espejo hacía aquellos cuyos problemas les acompañan desde el nacimiento, desde la llegada de un apellido. Y que incluye, ahí el aporte de Funés, la ausencia de identidad (y por ende de voz).