DE REPENTE EL PARAÍSO: Incomprensión apesadumbrada.

Desde la distancia y el silencio, en donde la indivisión de la mirada delatora, la culpabilidad y el odio presencial como sombra inseparable permanezcan lejos, también puede crearse una incisión reflexiva, autoconsciente, sobre el germen del carácter identitario. Realmente, hace falta generar una incisión de amplitudes importantes para contemplar los condicionantes y variables complejos que nos llegan a amoldar, no ya de forma intrínsecamente natural, sino perpetuando un especial acento al marco de pertenencia.

Cabría preguntarse si la pertenencia es una conceptualidad innata o paradójicamente podría sobreponerse a una tajante finalidad ilusoria del propio concepto, un tanto ventajista. La pertenencia describe la naturaleza, ya desde la superficie más notoria, pues el marco de la cultura resulta esencial a la hora de instaurar un juicio ante la utópica esperanza de llegar a respondernos ante esta pregunta. El desglose descriptivo de cada punto característico y sus infinitas desembocaduras sería una muy arriesgada y divagadora síntesis para transformar cinematográficamente dichas ideas en imágenes, por eso, Elia Suleiman decide desechar todo este aburrido preámbulo para intentar llegar a un entendimiento que, haciendo referencia a lo anterior, resulta francamente engorroso.

La idea de la identidad es el principal foco temático en la corta filmografía de Elia Suleiman, quien reverbera sin temor un componente sarcástico en función de las terribles dificultades sociales que describen la realidad Palestina desde hace décadas. “De repente, el paraíso” podría tratarse de un cambio sin romper las ligaduras que vendrían a estructurar los sustentos que conforman su cine, ya que las líneas invisibles entre la realidad y la ficción se plantean como un modelo único de complementación; sin embargo, aquí hay una sensación constante de huída – literal y retórica – del campo cinematográfico, puesto que Suleiman contempla la realidad de una forma que podría ser vista como una perfecta prueba de desprendimiento fílmico, derivando una incomprensión apesadumbrada tanto de lo que él ve y filma como de lo que le llega al espectador.

“De repente, el paraíso” se corresponde a la mirada atónita de su creador frente la incredulidad receptora de un país que ha ido perdiendo poco a poco esa condición de pertenencia, el cual podría ser descrito perfectamente como un país invisible. En un desenfadado vínculo con la figura hilarantemente melancólica de Buster Keaton, Suleiman viaja a otros lugares para la búsqueda de una sinonimia o parentesco cercano al disfraz de Palestina, y lo hace mediante la sucesión de repeticiones situacionales irrisorias y otras no tan acertadas, con gags intermitentes que aún así desprenden cierta crudeza frente al pensamiento palpable de un vacío y pesimismo incapaz de curar.