LO QUE ARDE: La naturaleza de la culpa

 «Siempre he pensado que era yo el que caminaba entre los bosques pero en realidad eran los bosques los que caminaban dentro de mí».

(John Fowles, El árbol)

 

Si existe un cine que parecía olvidado ése es el de Olivier Laxe, cineasta que tuve el placer de descubrir con la monumental Mimosas en el SEFF del 2016. Un cine cristalizado – el de Laxe- entre la dimensión onírica y la naturaleza Tarkovskiana cuyo fin no es otro que el de romper la pantalla en llamas. Concretamente, en Lo que arde, obra mayor de nuestro último cine, ganadora del premio del jurado en la sección Un certain regard en la última edición del festival de Cannes (así como sus dos anteriores largometrajes que también volvieron con premio del festival galo), el fuego tiene un papel dual y catártico. Así como la propia naturaleza, la de los árboles y la nuestra. Y como no, la duda y confusión sobre y entre ambas, la incomprensión de sus leyes y el amor de una madre.

Cuando hablamos de Lo que arde, si queremos ceñirnos concretamente a su argumento, podemos referirnos a la premisa de un pirómano ex-convicto, Amador (Amador Arias), que regresa de nuevo a las tierras gallegas, a casa de su madre, Benedicta (Benedicta Arias), para reconducir su vida. Pero todo ello no es más que un pretexto que Laxe utiliza para referirse a la confusa dualidad de las cosas y a la lucha entre orden moral y natural de nuestro mundo en un bello escenario como es Galicia. Lo que arde se sitúa en las elevadas, silenciosas, majestuosas, nubladas y frías tierras gallegas donde existe una paz tan bella como perturbadora, tan confusa como inquebrantable, tan húmeda como ardiente. Y en medio de todo ello, el regreso de un pirómano condenado. Existe pues un, llamémoslo «error», en el retorno de Amador para los demás habitantes del pueblo excepto para su madre, quien le quiere por encima de todas las cosas. Y es ahí donde Laxe reflexiona sobre el amor y el odio, la confianza y el prejuicio, el desorden frente al orden. Dado todo esto, uno tiene la extraña sensación en el visionado de la película que nuestro mundo civilizado ha optado, de forma antinatural, por el odio, el prejuicio en nombre del orden (palabra tan denostada por la naturaleza) y el sacrificio de nuestra humanidad en pro de la seguridad.

Lo que Laxe plantea, sin respuesta de ningún tipo y de una forma bellísima, es que el fuego que incendia las tierras gallegas en Lo que arde, entiéndase aquel que incendia nuestra paz espiritual o nuestro orden moral, podría ser un error humano o un error natural, hilando con sumo cuidado la fina línea que los separa, por lo qué no podemos saber si somos nosotros o la naturaleza los responsables del dolor en este mundo, o sí somos un bello error, o consecuencia, del mismo, incapaces de descifrar el orden y las leyes de un planeta que parecemos haber olvidado y descuidado en esta sociedad construida sobre el dolor, la negación y la muerte de la naturaleza en pro del ansiado orden.

Laxe explora la línea que separa las distintas dualidades filosóficas y morales presentes en el ser humano y la naturaleza en un alucinado viaje a la nada y al todo, al bien y al mal y al instinto y a la represión como traición catártica y contradictoria que vértebra el alma humana y el de los árboles. Todo ello envuelto en una omnipresente música de Vivaldi, que a más de uno les sonará por haberla oído en Dogville (2003)de Lars Von Trier, una hipnótica secuencia onírica inicial y una hermosísima fotografía del habitual de su director Mauro Herce (Dead Slow Ahead). Una majestuosa obra maestra de nuestro cine que nos habla de la moral y la culpa como una trágica e inquebrantable relación en el ser humano. Tenga uno la culpa o no, exista ésta o no.

Adjuntamos podcast de una conversación sobre la película entre Jorge Aceña y Carlos Fernández en la última edición del festival de cine de San Sebastián: