Crítica de JOKER: «El simulacro de Arthur Fleck»

Los primeros segundos del último león de oro veneciano, Joker, dirigida por Todd Phillips (Resacón en las Vegas), muestran un logo antiguo de la Warner, uno que nos remite a una película setetentera del estudio y, por si fuera poco, no aparece el logo de DC tras de la Warner. Esto, que a simple vista puede parecer insignificante, parece ser una carta de intenciones de resucitar, o reivindicar incluso, un cine de estudio que, a día de hoy, parecía enterrado entre blockbusters, secuelas y remakes varios. Y  resucitar también a los antihéroes, a los personajes amorales para así lograr huir del fanantismo dirigido por el buenismo y el correctismo para narrar en toda su crudeza, nos guste o no, la sociedad tan enferma en la que vivimos. Joker comienza así. Pero no es al carismático villano de Batman al que vemos en esta película, sino a Arthur Fleck (interpretado magistralmente por Joaquin Phoenix), un hombre apartado y marginado por la sociedad que es, en sí mismo, una colección de trastornos y patologías (incluyendo alguna tan problemática como reírse en contra de su voluntad). Arthur es un hombre bueno, que quiere ganarse la vida haciendo reír a los demás como payaso y ser feliz, incluso buscar motivos para serlo a pesar de que su Gotham nade en recortes sociales así como en la constante presencia de ratas, basura y delincuencia en las calles.

Joker explora los orígenes de uno de los villanos más populares de DC, siendo ésta una historia absolutamente nueva y original, y de lo que se valen Phillips y Scott Silver (co-guionista) es de referencias de los antihéroes Scorsesianos, concretamente un hipertexto que nada entre El rey de la comedia (1982) y Taxi Driver (1976), para profundizar en la catarsis y formación de un personaje perturbado y demente que encuentra en la belleza de la acción todo un propósito para obtener la atención, ¿o amor?, que tanto demanda. No sabemos si todas las escenas son reales o suceden en la imaginación perturbada de su personaje principal, a quién vemos deprimirse más y más y escena a escena con sobradas cantidades de inmundicia, basura, políticos e instituciones inútiles, división de clases y, en general, un clima social y político de lo más decepcionante y, por qué no decirlo, para volverse «loco». Si son reales o no ciertas secuencias de Joker, éstas quedan a elección del espectador.

Joker de Todd Phillips.

Mientras todo Gotham cae en ruinas, el personaje de Arthur sigue empeñado en sonreír y en hacer feliz a los demás, denotando así que su caída en la locura más estrepitosa sea no solamente cínica o irreverente, sino liberadora, catártica y placentera. Y una crítica malsana a la dictadura de la felicidad (ese «Smile» de Jimmy Durante omnipresente en una, tan terrorífica como liberadora, secuencia de Joker) tan presente en nuestros días de remedios bienpensantes o meditativos para todo. De ahí, nace la fábula amoral para adultos de Todd Phillips, y es que si hay una sociedad que merece arder esa debe ser la nuestra. Por tanto, Arthur Fleck no es más que la cara más negra del estoicismo, quien aguanta ver su mundo arder con una sonrisa, lo cuál le hace renacer entre coctels molotovs, agresiones y accidentes de coche. Por otro lado, Joker es también una exploración de la manipulación y mezquindad de los medios de comunicación, siendo ésta vez Robert de Niro, quien aparece en la película y al contrario que su personaje en la mítica El rey de la comedia, el presentador estrella de un programa televisivo humorístico que no hace más que banalizar y mofarse de los colectivos más débiles de la sociedad con el fin de ganar audiencia. De esta forma, Joker, empeñada en narrar la podredumbre moral de su mundo y haciendo claras referencias a Network (1976), señala con lucidez a una televisión empeñada en hablar de campañas electorales (muy al día de nuevo con Taxi driver) y en entretener al público con un ocio bastante mediocre que señala al más débil con la audiencia por bandera.

Joker de Todd Philips

«¿Soy yo o la gente está cada vez más loca?» se pregunta Joker en una escena de la película. Y es que basta un poco de populismo en televisión, al estilo del Howard Beale de Network, para convertirse en una enorme figura mesiánica que incite a las masas a moverse en contra de los ricos y de ese sistema de desigualdades llamado capitalismo; masas que, por cierto, llevan máscaras de payaso perdiendo al Joker en lo que viene a ser todo un simulacro de no solo la locura de Arthur Fleck sino de una sociedad trastornada y cabreada. A fin de cuentas, Joker no deja de ser la cerilla que enciende el caos y la violencia contra el sistema. Y es que la destrucción como creación, la perdición como encuentro o el caos como liberación se convierte en un acto de amor a la patología y al populismo como biblia de una nueva figura autoritaria que empieza en un político demagogo, luego en un presentador de televisión sin escrúpulos y finalmente acaba en un psicópata como Joker, de ahí que no sea casualidad que los manifestantes vayan con máscaras de payasos, lo que desvela a una sociedad perdida de referentes y simulacros. Una sociedad en la que la enfermedad mental es carismática por ser ésta un espejo de la misma (véase a Joker rugiendo frente a un león en una especie de kiosko).

De hecho, Arthur fleck escribe en su diario  que lo peor de tener una enfermedad mental es tener que fingir no tenerla. De ahí, el caos como arma de liberación y la enfermedad no como algo que curar sino como algo que potenciar. Y la señal de una sociedad enferma que parece no distinguir una cosa de la otra. Debido a esto, sería difícil denominar a Joker como una película peligrosa como se lleva vendiendo durante varias semanas pero sí como una fábula amoral sobre un mundo muy parecido al nuestro. Una obra maestra que nos recuerda, como el Joker de La broma asesina (1988) de Alan Moore, que eso de «Para volverse loco hace falta solo un mal día» sigue aún vigente. Lúcida, brillante y trastornada película.