AD ASTRA de James Gray: El corazón de las estrellas

Un tiempo de esperanza y conflicto. Una realidad compungida por el desastre y alimentada por el optimismo y la consecución de la trascendencia evolutiva. Y la búsqueda. El insondable impulso de conocimiento y de construcción interna a través de las preguntas nunca exentas del oligárquico dualismo, donde la transformación ética adquiere una esencia impetuosamente reveladora y esencial.

A pesar de su permutable navegación sobre diferenciadas corrientes, contextos y cuestionamientos temáticamente heterogéneos, la máxima fílmica de James Gray se basa en alcanzar un componente ligado al vínculo más cercano de sus personajes, un entorno afectivo donde la complejidad en la afección y el conflicto, entroncan con la evidencia conceptual del legado familiar. Todas sus películas remiten, a fin de cuentas, a la búsqueda del individuo frente a una difuminación constreñida en el infinito letargo. No hay una predominancia en cuanto a géneros, pese a que ciertos prototipos estilísticos puedan casar de forma más orgánica con su discurso. Sin ir más lejos, la fuerza instigada por el drama suburbial de “El otro lado del crimen” o “La noche es nuestra” no es más determinante ni favorecedora que la facultad intimista de “Z: La ciudad perdida” o “Ad Astra, en cuanto a la consecución del esqueleto temático que vertebra su obra.

Volviendo al diseccionado órgano contextual de pre apocalipsis terrenal y fecundidad espacial, en “Ad Astra” se reproduce el fin autoral de Gray, de una manera más introspectiva, yendo más allá de la ya de por sí compleja sinonimia de cónclaves representados unilateralmente por el modelo familiar. El corazón de las estrellas, donde la condición del individuo aboga por la intermediación de una búsqueda intrínsecamente paternal, es una fascinante revisitación con un uso desbordante y apoteósico del relato Conradiano.

Situando la trama en terreno explicativo, la odisea de “Ad Astra” nace de un cuerpo argumentalmente caótico en el que la tierra, tal y como la conocemos, está llamada al desastre. El astronauta Roy McBride se une al proyecto Lima, con el fin de salvaguardar la existencia, la cual pasa por encontrar a su padre, quien se embarcó tiempo atrás en un viaje con el fin de encontrar vida más allá de las estrellas. La predeterminada síntesis argumental nos lleva irrevocablemente a un avituallado paralelismo en el que se superpone una vía de construcción determinante, la exploración – personal y filosofada – de las preguntas y consiguientes respuestas que componen nuestro ser, aunadas y constituidas por la figura del padre.

Entre la visión visceral y el lado pragmático, la enajenación y el sacrificio, la contradicción en pos del heroísmo – vínculo paterno filial – y la introspección consecuentemente ambigua, la nueva película de James Gray se asoma de forma brillante a la contingencia de mundos inexplorados y que el ser humano lucha expeditivamente por conquistar. Pese al revestimiento de película espacial, con una fotografía tan expositiva como modélica, “Ad Astra” habla sobre el miedo a perder y perderse, la soledad fastuosa, el destino incierto, la incapacidad de llegar a responder las preguntas que formula el subconsciente. Es el corazón de las tinieblas de James Gray, donde el internamiento en una oscuridad vacía sirve de precedente y de enlace con lo divino. La búsqueda de un ser querido como fin y artefacto propulsor hacia una dimensión inquebrantable y sanadora. Un viaje tan inmenso como intangible, donde la comprensión y la paz con el pasado gira en torno a la incapacidad por resolver la imperfección que nos define. Porque a veces es necesario mirar a las estrellas en su intencionalidad por buscar una respuesta inexistente en el mundo terrenal.