MIDSOMMAR: «Las flores del mal»

Ha pasado un año desde que se estrenara en España la demoledora Hereditary, extraordinaria ópera prima del cineasta americano Ari Aster. Aún sin haber superado del todo los gritos de dolor, que aún pueden resonar en la cabeza de cualquier espectador de la película, por la ruptura de una familia con la realidad, ahora le toca el turno a la pareja. Aster, empeñado en hacer terroríficas radiografías de los vínculos afectivos más primarios, tales como la familia y la pareja, deconstruye una relación sentimental y la hace florecer con un catártico fuego tan purificador como sádico en Midsommar, segundo largometraje de Aster, que escala desde una terrible depresión, sumada a una crisis de pareja bastante tóxica, hacía el florecimiento de las emociones humanas más viscerales. Aster establece en Midsommar una inquietante lucha entre el mundo antiguo, sin internet ni cámaras de fotos, con un mundo basado en lo pagano y en lo sagrado, completamente ajeno a nuestro siglo XXI en el que, a través de drogas naturales, poder unir el dolor (el llanto) y el placer (el orgasmo) con la naturaleza y de forma comunitaria (tan absolutamente alejado del individualismo de nuestros días).

De esta manera, Aster dibuja un mundo colorido pero caprichoso, imprevisible e inquietante, tornando lo que debería ser un idílico sueño en una pesadilla en la que lo visceral y la locura están en el trayecto que va del dolor al final de un precipicio (incluido de forma literal). Todo ello narrado como una perturbadora búsqueda personal en la que se reflejan los milenials, como locos por dejar de sentirse solos, desconfiados y estresados que requieren del amor de un hogar verdadero que les haga sentir respaldados. En pocas palabras, una radiografía mística, fanática y bastante burlesca, que revisa desde El hombre de mimbre (1973) hasta ¿Quién puede matar un niño? (1976), de lo inexplicable y cruel que puede llegar a ser la experiencia humana.

El tiempo es algo que adquiere un significado metamórfico en Midsommar, pues no se trata solo de desnudar su ineludible paso o de retratar con total calma el salvaje universo pastoral del poblado (hablamos de una película de 140 minutos de duración), sino de arrojarse a la inevitable concepción del dolor más desgarrador y sonoro, llegando a tratar la película temas como el suicidio o la eutanasia, en el que uno deberá decidir en compañía de quienes llegará al final de la vida. Y también de cómo. De ahí que no sea casualidad que el personaje principal pierda a su familia (haciendo un cruel paralelismo con el climax de la película) ni que esta viva ahogada en una relación tóxica y disoluta. Así pues, Midsommar, más allá de ser una radiografía del dolor, es un desesperado grito de socorro que suplica pertenecer a algún sitio, ya sea este el peor de los infiernos.                                                                                

‘Midsommar’

‘Midsommar’
‘Midsommar’

Midsommar se establece desde su magnífico prólogo como un cuento de hadas para adultos con un perverso mensaje acerca de la naturaleza humana, reflejando en esta la expresión más gráfica y salvaje de una especie bárbara. La barbarie de una antigua cultura, la del extraño poblado fanático y pagano, frente a la barbarie de la cultura occidental de unos turistas americanos, quienes resultan unos fríos, falsos y superficiales personajes, tanto entre amigos como en parejas. Fuere como fuere, el personaje principal, Dani (impresionante Florence Pugh) comienza a establecer una relación alucinógena y pesadillesca entre una tragedia de su pasado y unos sacrificios humanos sucedidos en el perturbador poblado, denotando así  un calor veraniego del que extraer un fuego vengativo, cruel, redentor y salvaje. Tan dentro está de Dani como del interior de los fanáticos que habitan el perturbador poblado. Se trata solo de encender una chispa, y es eso lo realmente inquietante. Y Aster la enciende sin recurrir a tópicos rutinarios del terror como lo sobrenatural o a que los personajes fueran estúpidos turistas americanos que van a un lugar y reciben sustos y malos rollos varios; limitándose a jugar con lo gore, lo místico y lo incómodo haciendo desear al espectador preferir estar en cualquier lugar excepto en la sala de cine. Es así como Ari Aster establece en Midsommar el reflejo de una sombra olvidada por nuestro maquillaje civilizado a plena luz del día, muchos instantes de dolor, una relación en llamas y una única sonrisa.