ÉRASE UNA VEZ EN HOLLYWOOD: «Insatisfacción crepuscular»

Un instante. La insignificancia temporal en clave reminiscente ante la ferviente aglomeración de estampas, sucesos, hitos memorables y conclusiones de un momento reducido a la cuadratura fotográfica. Quizá la jugada del recuerdo ante tanta multitud circunstancial  – reunido en un sentido y bucólico cuadro de vida – quede expuesto a la exacerbación megalómana, tal vez por la acepción de un poso nostálgico adherido intrínsecamente a la figura del sujeto que lo representa, pero lo que sí se deja entrever de manera abiertamente objetiva es la importancia, para bien o para mal, que queda envuelta en ese cuadro, en la vivacidad – ahora sí, subjetiva – que se refleja a través de dicho recuerdo.

Sobre el evocador modelo llevado a cabo por Quentin Tarantino en su última película, “Érase una vez en…Hollywood”, a colación del significado anterior respecto a la autodeterminación representativa de una época anterior, es indudable su capacidad exageradamente lúcida y nostálgica, en la que resalta minuciosamente y con constante avasallamiento pasional, el esplendor cultural regido por unos avatares ahora obsoletos, un Hollywood añorado por la figura presente de un director en constante retroceso referencial con el pasado, más explícitamente en las formas artesanales, de elaboración y entendimiento del séptimo arte, y que en esta película llega a su máxima expresión, puesto que su construcción personal y artística pasa directamente y sin filtros por lo que expone en la pantalla, un ostentoso y visceral canto de amor al cine. El cine que al menos Tarantino entiende como tal.

Brad Pitt, Leonardo DiCaprio y Al Pacino en ‘Once upon a time in Hollywood’

En esta plasmación del espíritu cinematográfico hollywoodiano del año 69, o más bien de la etapa crepuscular del mismo, confluyen determinadas corrientes que vienen a extender este parámetro, tal vez para quedar ligado no solo a la concesión artística sino a la instantánea de un momento concreto. Es así como Tarantino hilvana múltiples historias relacionadas con el mundo de cine, las de los dos protagonistas principales, un actor en horas bajas y su doble en las escenas de acción, y los cambios coyunturales vinculados con el movimiento Hippie. De esta forma, y estableciendo una variación entre la ficción y la realidad, nace un nexo entre ambos vértices, representado por la figura de Sharon Tate, y su inminente vínculo fatalista con Charles Manson y su “familia”.

No obstante, en “Érase una vez en…Hollywood” aparecen evidentes tonos cambiantes que subvierten con especial constancia la sinonimia del autor respecto a lo que cuenta, pues no es tanto la perpetuación de una obra completa, en unión con lo que Tarantino muestra en pantalla y representa fuera de ella, sino una disgregación de elementos representativos y que vienen a darse en la película. Por un lado, el control del tempo en sus películas es algo esencial, una facultad que se ha visto reflejada hasta en sus más lánguidas y estiradas secuencias de conversaciones infinitas, pese a la complementación de una segunda virtud privilegiada, la lucidez corrosiva, misántropa, delirante e indudablemente original de sus diálogos. Aquí, ni el control dividido en su identitaria fragmentación del relato es tan magnético e inmersivo, ya que la división del tiempo carece de elegancia sorpresiva, ni los diálogos recitados superan el estímulo atractivo e inteligente visto en otras ocasiones. Sí, podemos decir que la última película de Tarantino es la más nostálgica, pasional, y la que mejor representa su indómito carácter ligado al más delirante desequilibrio cinéfilo; sin embargo, también es cierto que es de las pocas que no cuenta con ese gusto por la singularidad verborreica, ni por el ritmo admirable marcado por la más imposible de las desembocaduras narrativas.

Brad Pitt y Al Pacino en ‘Once upon a time in Hollywood’

La historia de “Érase una vez en…Hollywood” es la de una insatisfacción crepuscular. La historia de un instante, una fotografía contextual disparada con mimo y tremendo entusiasmo, pero tristemente damnificada por la dispersión argumental y la ausente inventiva, pilares por los que a Quentin Tarantino suelen elevar a los altares. No es el caso.