TOY STORY 4: Existencialismo puro

La existencialista, y cada vez más melancólica, saga de Toy story (iniciada como primera película de la Pixar), originariamente de John Lasseter las dos primeras entregas, ha recaído en las manos de Josh Cooley (La primera cita de Riley), quien dirige la última entrega de la franquicia (hasta una cuarta ha llegado su éxito) que resulta a la vez su opera prima en el largometraje. Se trata de Toy story 4, y no, no necesitan presentaciones sus personajes ni tramas. Toy story lleva más de veinte años llevándonos, tanto a pequeños como a mayores, más allá de nuestros demonios, sueños, miedos y, en definitiva, de nuestra imaginación. Se trata de una de las sagas que mejor han sabido expresar el caótico mundo contemporáneo en el que vivimos (no olvidemos la depresión que sufría el personaje de Buzz Lightyear  en la primera entrega al ver en un anuncio que le decía que podía volar para finalmente descubrir que, lógicamente, esto es imposible) y cuyo esfuerzo, el de sus personajes, va más allá de las alocadas aventuras que viven para enfrentarles al paso del tiempo, la pérdida o la resiliencia para finalmente, como puede verse al final de la tercera entrega, destruir el espejo identitario para reconstruirlo. Es decir, la historia de estos juguetes tan pequeños e invisibles para sus dioses (los niños que juegan con ellos), es la de unos seres pensantes, que por cierto cada vez más, y absolutamente humanizados cuyo fin último es saber y decidir qué hacer con su existencia así como comprender el peso que tiene el entorno frente a la misma como individuos. Un entorno tan cálido como frío, tan ordenado como imprevisiblemente caótico. De eso lleva hablándonos Toy Story durante más de veinte años: de la imprevisibilidad de los acontecimientos, la mutación de las emociones y la emocionante y o sofocante tarea de hacer frente a las vicisitudes de la existencia.

Toy story 4

En Toy story 4 encontramos unos juguetes más librepensadores, ambiguos y valientes. Woody, sin haber superado la marcha de su antiguo dueño Andy, que ya está crecidito en la universidad, se empeña en ganarse el afecto de Bonnie, una niña pequeña que apenas juega con él y que prefiere a un juguete hecho con basura. He aquí la principal trama de Toy story 4 que parte como detonante del final de su anterior entrega: Woody adoraba a su anterior dueño pero este ya no está ni volverá a jugar con él, cruel pero cierto, y en consecuencia trata de buscarlo en otra niña, que no es otra que su actual dueña, Bonnie, pese a que está tiene mayores preferencias por otros juguetes. Todo esto llevará a Woody, por primera vez, a plantearse si prefiere la seguridad de tener el nombre de un niño en su bota o si prefiere, simplemente, ser él mismo de su propiedad para entregarse a quien quiera y en las condiciones que quiera, es decir, ser dueño de su destino una vez que comprende la imprevisibilidad y fragilidad de la vida. Vamos, una cosa tan antigua y compleja como el qué es ser libre.

Como villana de la función, magnífica por cierto, tenemos a una antigua muñeca en una tienda de antigüedades que vive obsesionada con ser amada por una niña que visita su local a diario y como acompañante de Woody en la aventura tenemos a Bo Peep y sus ovejas (personaje injustamente olvidado en las anteriores entregas) reemplazando a Buzz Lightyear como acompañante del héroe. Todo en una trama que no gira alrededor del deber de Woody con sus amigos o sus endiosados niños, sino de su deber consigo mismo. Existe pues en Toy story 4 un delicado tema tratado con inteligencia pese a que, por desgracia, es la menos divertida de toda la saga aunque ni de lejos gratuita. Para algunos será muy interesante y para otros un resquicio más de una franquicia que quiere hacer dinero. Para mí, una digna sucesora que rompe las expectativas con éxito aunque no las supere. Personalmente, hubiese preferido que la saga hubiese terminado con esa obra maestra que es Toy story 3.