Crítica de DOLOR Y GLORIA: Retales.

Confesaba Huma Rojo, mujer abstraída por la conciencia de la pérdida y el vacío, que el éxito no tiene sabor, ni olor, y cuando te acostumbras es como si no existiera. En aquel personaje indivisible de “Todo sobre mi madre”, se puede encontrar una consecuente y premonitoria dualidad con Salvador Mallo, el último personaje de un Pedro Almodóvar que a su vez, encuentra refugio personal dentro de uno de ellos, por el cual viene a proyectar ferozmente cada una de las partes compositivas de su total idiosincrasia. El vigoroso recuerdo de Enrique en “La mala educación”, que anhelaba el instante y el lugar donde se enamoró del cine por primera vez, y sucumbía ante la esencia y el olor reticente de aquel momento, es otro ejemplo de los fragmentos fílmicos de toda una vida retroalimentada por la obra del artista, o de una obra supeditada intrínsecamente a la propia vida de su director. Los retales del pasado confían su instinto para condecorar su valor en “Dolor y Gloria”, artefacto de enorme poder testamentario, conjunción de una naturaleza separada por el universo de la ficción, película culmen de Pedro Almodóvar. 

La multiplicidad de corrientes temáticas constreñidas en base a la inquietud temperamental del cineasta manchego, no hacía presagiar la desnudez contenida y testificada por la pureza de las corrientes definidas a lo largo de toda una carrera. “En Dolor y Gloria”, la intermediación del férreo estilo – aquí algo disperso – y la totémica oligarquía narrativa no son tan importantes cuando se trata del verdadero cuerpo de la película, un monólogo existencial implantado a través de un modelo de incesante rememoración por parte de un director de cine en su ocaso.  Aceptando la valiente y excelsa mimetización de realidad y ficción, de persona y personaje, contemplamos el avituallamiento de Pedro Almodóvar – o Salvador Mallo – en la instancia donde literalmente se sumerge, para llevar a cabo un recorrido metafísico a través del la memoria, con el fin enfrentarse a sus demonios, recordar el primer deseo, el dolor y la gloria, la limitación de la enfermedad, del vacío depresivo, la inseguridad y el rechazo y, finalmente, hacer las paces consigo mismo.

Penelope Cruz en ‘Dolor y gloria’

En tan particular contrapunto, donde el controlado alejamiento de un universo visual reconocido se equilibra con la total transparencia argumental, Almodóvar construye un espejo materializado hegemónicamente con fragmentos de todos, empezando por él mismo. La dificultad de ser conducido por un personaje en las antípodas de un humilde espectador, y que se puedan encontrar momentos en los que verse reflejado es, ante todo, de una grandeza descomunal. No solo por la reverberación temática de la evocación afligida, como puede ser la alienación maternal, o el descubrimiento corpóreo y mental, sino por la suprema, refinada y sutil elegancia con la que el cineasta es capaz de conmoverte.

Hay algo especial en “Dolor y Gloria” que la diferencia del resto de trabajos realizados hasta la fecha, y es la verdad absoluta de la que se compone. Antonio Banderas se erige como el más perfecto y deseado cómplice de su director, Salvador, una constante presencia casi fantasmal que escucha, asiente, padece en vida, y que finalmente se libera a través de las drogas y el sueño, donde vuelve a tan significativa etapa donde todo empezó, a su infancia, para recordar el olor de jazmín y orina tras la pantalla en la que se enamoró del cine. Para recordar el deseo y la lucha por sacar a la persona más importante en su vida de las tinieblas de la adicción y recordar que el amor es capaz de mover montañas pero no de salvar a la persona que amas. Para recordar la última voluntad de una madre y el incumplimiento de dicha promesa. “Dolor y Gloria”, una obra de vital importancia, por la figura que hay detrás (y delante) de la pantalla, por narrar como pocas la agonía existencial producida por la catarsis creativa, el amor en todas sus facetas, la soledad y el sufrimiento, pero sobre todo, por convivir constantemente con el pasado, el único que nos hace recordar quién somos realmente.