CAFARNAÚM: Sobredosis de pornografía emocional.

No es de desmerecer hablar del éxito, y odio, propiciados por la directora libanesa Nadine Labaki en torno a su película ‘Cafarnaúm’, película que pudimos ver en la 66 edición del Festival de San Sebastián y que hoy llega a las salas españolas. Tras haber sido nominada al Oscar y Globo de oro de Mejor película extranjera y ganar en Cannes el Premio del jurado, no son pocas las expectativas del público habitual de las cintas protagonistas de las temporadas de premios, quienes consideran a Labaki un “must-see” y, paralelamente, el hecho de que ha sido la primera directora árabe en ser nominada al Oscar aumenta considerablemente la publicidad de una película que, en definitiva, no se la merece.

‘Cafarnaúm’ explora la infancia de un niño libanés en Beirut (Líbano) en la que un niño de doce años, Zain, (Zain Al Rafeea) denuncia a sus padres en el tribunal internacional por haberle dado la vida. La situación, pretendidamente dramática, no puede ser más cómica y manipuladora. Sin duda, un detonante dramático para un público que le encanta ir al cine a ver las desgracias trivilizadas en base a una “llorera”. ‘Cafarnaúm’ no solo representa la trivialización de la pobreza y el sufrimiento en el tercer mundo, también resulta un absoluto desprecio a la inteligencia del espectador y una indiscriminada pornografía de la miseria para público con dinero y arreglado (ese de los festivales). En pocas palabras, un despreciable postureo que no se toma enserio la seriedad del tema que trata e intenta, incansablemente, manipular al espectador como si se tratara de una feliz tarde de cine para ver comiendo un helado después de que se le pinche la rueda del coche o le echen del curro.

Labaki no explora las cosas que van mal en su país (que van desde la explotación sexual, el abandono de niños, el pésimo estado de las cárceles, el sistema patriarcal…) sino que las edulcora y alimenta con estética visual que va desde el uso de la música a una fotografía “vistosa”. ‘Cafarnaúm’ acaba por resultar peor que un anuncio de una mala ONG en su incansable búsqueda de la desgracia con “corazón”, en el folleto sin seriedad ni credibilidad, en otorgar a su personaje toda clase de desgracias por minuto en una falta de respeto, con forma de película, que se empeña en llegar al espectador occidental tratándolo como un imbécil. No es que lo que muestra la película no sea real, el problema es como de mal lo trata su directora y guionista, el como le quita todo realismo, como lo endulza y, en general, como invade con sensiblería un sinfín de desgracias.