66SSIFF: ROJO: Los pecados de Argentina.

Rojo, última película de Benjamín Naishtat que resultó la gran triunfadora de la 66 edición del festival de San Sebastián obteniendo los premios a la mejor dirección, fotografía y actor, comienza con una serie de personas vaciando un bonito chalé abandonado. Cuando un hombre se percata de lo sucedido, pregunta si hay alguien en la casa o si alguien sabe qué sucede. Ante la duda, el hombre entra también en la casa. A raíz de este detonante, se inicia un turbulento thriller atmosférico, propio de los años 70 (época en la que se ambienta la película), en una provincia argentina en la que un hombre, conocido como “el hippie” (irónicamente se trata de un hombre violento), insulta a un conocido abogado local, Claudio (Dario Grandinetti), en un restaurante; tras lo cuál, este (el abogado) le devuelve la humillación y ello desencadena una turbia violencia. El título de la película, Rojo, no debe llevar engaño pues no se trata de una película visceralmente violenta sino de un violencia implícita y latente. También brillante en su uso.

Mientras la sombra de una dictadura asola al país, a Claudio y a su familia nada les podría ir mejor. Su rutina son partidos de tenis, salidas nocturnas a clubs de magia y barbacoas con amigos. Sin embargo, Naishtat envuelve estas “placenteras” escenas con slow motion, sin sonido y una perturbadora banda sonora de Vincent van Warmerdam las escenas que rezuman felicidad o paz en la vida de Claudio o su familia. Esto se debe a que Claudio esconde en su interior (del mismo modo que esconde platos de comida en un cajón de su mesa de trabajo para aparentar buena presencia frente a las visitas) un oscuro secreto. Y no tardará en descubrir que tanto él, como los de su alrededor, aquellos que aparentan lo contrario, esconden también platos de comida que atraerán, tarde o temprano, a las moscas (en este caso, a un curioso detective interpretado por Alfredo Castro). La hija de Claudio no quiere acostarse con su novio y este la toma con uno de sus compañeros de danza de baile, en el vestuario del local al que Claudio y su mujer acuden a jugar al tenis un hombre limpia siempre una escopeta con mimo, cuando Claudio y su mujer quedan en un restaurante para comer se da una terrible, como merecida, humillación a un desconocido aunque ellos consigan, finalmente, disfrutar de la comida. No se ve ni, casi, se percibe pero se huele una violencia en lo cotidiano, una “tensión” (como le explica la profesora de danza a la hija de Claudio). Lo único en lo que parece estar todo el mundo de acuerdo es en negar el desarraigo en el que viven, día a día, en sus vidas.

 

‘Rojo’

Naishtat expone en Rojo la crónica social de una época que marcó con fuego a Argentina caracterizada por el descarrilamiento moral, la ausencia de toda ética o divinidad (representada en el genial personaje del agente Sinclair) y, sobre todo, la violencia. Una película que desenmascara las apariencias de unos personajes despreciables que, simplemente, no lo parecen. Rojo logra así narrar una historia acerca de unos personajes de clase media y alta envueltos en un simulacro, en un disfraz, que llevan por bandera la corrupción y cuya religión no es otra que el egoísmo, el secuestro o el asesinato. El reflejo, en definitiva, de un país muy cabreado que calla su cabreo. Y que lo esconde. Aunque no haya Dios que lo vea.