EL BLUES DE BEALE STREET: Sobrealimentación emocional.

La cimentación simétrica de las distintas facciones que armaban el cauce testimonial de “Moonlight”, se basaba en la plausible diversidad lírica y visceral de sus imágenes, que sugerían más allá del estudiado proceso del escalonamiento temporal. Barry Jenkins completaba el silencio y la intimidad con cierta riqueza compositiva, donde la luz no era un simple complemento al uso, construía y vertebraba la belleza del momento. Estamos ante un nuevo trabajo de similar concepción, el de una película que nos habla de la destrucción a raíz de una imparable causa, de intencionalidad verídica a través de la mirada, de la fuerza del amor frente al vacío, pero el resultado no es el mismo, pues la incrementación del fastuoso desorden por la poética visual se ve amedrentada por la siempre funesta desmesura. “El blues de Beale Street” hace referencia, a través de la adaptación de la novela de James Baldwin, de un sonado uso de la estructura fragmentaria para desestimar la distancia con dicha fuente de inspiración, a pesar de diferenciar la corriente narrativa con el uso del halo envolvente entre los personajes y la unión del gesto.

Jenkins se desliga de cierta atención por el salto creativa y reproduce los pasos de un desarrollo al que le falta intensidad emocional para llegar a esa confluencia emocional entre la base argumental y la composición escénica. La poética desmesurada del director hace repetir los puntos con los que sí conseguía en “Moonlight” y que en esta película se percibe de forma opuesta. La película de Jenkins no hace política de la percepción cercana al desdeño, pero si se puede descubrir ciertas notas de sobrealimentación frente a su anterior película. Descubrimos, por tanto, una evidente fuerza de extrema decoración en la ya de por sí intensa observación del espacio desde los ojos del director. A veces, como es el caso, más es menos, y “El blues de Beale Street” no consigue emocionar a pesar de la imperiosa voluntad por conjuntar la película perfecta.