GLASS: La fe, la mediocridad y el alumbramiento en el cine de Shyamalan.

Shyamalan insiste desde ‘El sexto sentido’ en que se debe, o al menos intentarlo, apreciar un punto de vista único que se adquiere, en primera instancia, ridículo por incomprensible o irracional pero, sin duda, especial. “Alguna magia es verdad” decía Cole (Haley Joel Osment) en El sexto sentido (1999) mientras una de las personalidades de Kevin (James McAvoy) en Glass (2019) afirma “Ten fe, ten fe, ten fe” o “La confianza en uno mismo es contagiosa” en dos secuencias distintas de Glass, la culminación de la trilogía del superhéroe iniciada con El protegido (2000). Hay mucho de religioso en el cine de Shyamalan y esto no es solo de este tríptico, formado por El protegido (2000), Múltiple (2016) y Glass, y es importante hablar un poco de ello antes de referirnos a la última película de la trilogía que se ha estrenado este fin de semana: Glass. Y es que esto ya se veía en Señales (2002), película en la que un sacerdote deprimido (Mel Gibson)  por la perdida de su mujer deambula sin ton ni son al dejar de creer en Dios y sentirse pequeño, limitado y vulnerable. En definitiva, sentirse como una hormiga humana (así podrían ser considerados todos los personajes de Shyamalan en un principio). En El bosque (2004), Ivy (Brice Dallas Howard), pese a ser ciega, es la única que ve el camino para escapar de los limites parcelarios de la mentira de su comunidad y la única con suficiente valentía para no perderse en el camino a salvar al amor de su vida (Joaquin Phoenix). “Nunca odies a nadie” decía una madre, que llevaba años sin hablar con sus padres, a sus hijos en La visita (2015). El amor, la valentía, la fe y el miedo son, como puede verse, algunos de los grandes temas, contados en forma de fábula y cine de género, que apasionan al filántropo Shyamalan, cuyo nexo cinematográfico parece ser el deambular alrededor de seres humanos “apagados”, por decirlo de algún modo, de esas hormigas, por la perdida, la frustración y el miedo haciéndose patente que, de algún modo, estas criaturas de Shyamalan han olvidado lo que les hace grandes, sintiendo y padeciendo la tristeza y la sensación de ser una hormiga sin fe más que en una cosa: la oscuridad, la tristeza y la mediocridad. Solo abrazándonos a nosotros mismos y a nuestros dones, diría Shyamalan, aquello que tanto miedo nos da, podremos liberarnos de esas palabras tan horripilantes.

La fe en sí misma y en el amor es lo que salva de la oscuridad a Ivy (Brice Dallas Howard), el personaje ciego de El bosque (2004).

Estas hormiguitas humanas, los personajes de Shyamalan en origen, al descubrir un potencial, un poder, un don o, en general, algo que les haga especiales, tienen un miedo tremendo de ello y tratan de reprimir las señales (bastante gráfica la ignorancia a las mismas en Señales pese a ser gigantescas en un campo de trigo) de que tienen un don especial ya que consideran irracional, absurdo o imposible que sean algo más que simples hormigas. Por supuesto, el negacionismo de los personajes de Shyamalan se hace a través del miedo a sus dones y, aquí, la tesis del cine de Shyamalan: La única manera de librarse de la mediocridad es abrazar los dones que tenemos en vez de temerlos o reprimirlos. Y eso no está solo presente en Glass, sino en toda la filmografía del director indio. Mientras para algunos, el director hace películas de autoayuda baratas o simplemente es considerado como un director talentoso “al que no tomarse enserio” (en definitiva, un vendemotos), el cine de Shyamalan se las ha ingeniado para resurgir en los últimos años con premisas interesantes, fantásticas y fabulescas, siempre ligadas al espectáculo y al entretenimiento, acerca de la lucha entre el bien y el mal, lo terrenal y lo divino, la debilidad y la fuerza (y la fina línea que los separa). Un gran cine en apariencia sobre pequeñas cuestiones humanas, que disfrazan nuestras luchas internas de un gran espectáculo y de fuerzas antagonistas.

David (Bruce Willis) en Glass (2019).

En Glass todo gira alrededor del salto a la vida que hay entre las ficciones y la realidad del cómic cuando, en realidad, Glass es un réquiem y, a la vez, un alumbramiento. Y ambas ideas se retroalimentan en un final que prometía ser toda una lucha épica, bastante típica, en lo alto de un gran edificio cuando, en realidad, los personajes no llegan ni a salir del parking del centro en el que estaban encerrados. Esto se lleva contando desde El protegido, película en la que un superhéroe nacía de raza negra, de una madre soltera y sin dinero, con varias fracturas de huesos y entre sollozos de dolor y debilidad (A diferencia que Superman, que vino en un meteorito siendo un adorable niño de raza blanca proveniente de una especie superior más avanzada a los seres humanos). Y es que de eso trata esta trilogía sobre el superhéroe de Shyamalan, de que todos somos uno. Las habilidades especiales de los personajes de Shyamalan son tomadas a cuestión siempre por ser vistas como defectos de fábrica, errores o maldiciones (véase las fracturas de Glass, la capacidad de Cole de ver a los muertos, las visiones y “superfuerza” de David, la ceguera de Ivy Walker…) El único momento en que David se siente bien consigo mismo en El protegido es cuando usa su don de visiones, que no es otro que el sentimiento humano de la empatía (o simple intuición como diría en una conversación con Glass en El protegido), del mismo modo que Ivy Walker solo se siente feliz al pelear contra los peligros de un bosque de criaturas fantásticas y peligrosas pese a ser ciega al usar su corazón, que no es otra cosa que el sentimiento del amor.

En Glass esta idea es del todo consolidada, ya que no es casualidad que los tres seres humanos con mayores capacidades sobrehumanas (que en realidad no son los únicos, sino que son los que las han descubierto) acaben en un psiquiátrico en donde los tratan de enfermos mentales por encima de superhéroes. Shyamalan interpreta así al ser humano como un ser dormido que no ha descubierto, gracias a la fe en sí mismo, el gran potencial que en esta especie habita. Al entrar en el psiquiátrico, en el que sucede gran parte de la película, se entra en lo que vendría a ser una fabrica del pensamiento y de la mundanidad. Shyamalan abraza así a los superhéroes que no son perfectos (tan “Marvelianos”) sino todo lo contrario, pues los héroes de este ejercicio de metaficción titulado Glass son sufridores, conceptuales y son conscientes del vacío, o responsabilidad, que conlleva su don. No se trata de que Kevin vengue a los que sufren sino de liberar, “que salga a la luz”, al Kevin que sufrió los traumas con su madre, ni de que David haga justicia haciendo el bien por ahí a través de la intuición y el contacto físico sino de que sea capaz de acercarse de nuevo a su mujer (Una Robin Wright ausente en esta entrega). En definitiva, Glass es una bella exploración, y reivindicación, de la fantasia que hay en el cine y en uno mismo. Bien por ella y bien por Shyamalan (como se da a entender, en plena forma).