Crítica de ‘Suspiria’ de Luca Guadagnino

Claro está que si un director decide hacer un remake, que tiene derecho, debería hacer una revisión de lo dicho en la anterior versión. Sino no se entiende el motivo de hacer uno. Por otro lado, discutir la necesidad de hacer un remake (en su mayoría son de pelis conocidas o prestigiosas) también debería estar en todo debate acerca de la creación de uno. ‘Suspiria’ de Dario Argento (1977) y ‘Suspiria’ de Luca Guadagnino (2018) solo comparten el título, la época y el contexto. En lo demás, nada que ver la una con la otra por lo que parece que Guadagnino ha querido hacer otra película diferente partiendo de la base de la de Argento. Mientras Argento se centraba en una historia misteriosa y sangrienta de una mitología perceptible pero indefinible, Guadagnino crea una metáfora del fascismo en la Alemania posterior a la segunda guerra mundial como toda una secta de brujas que trabajan en una prestigiosa escuela de danza. A ello se le suman temas, tratados en el subtexto, feministas, religiosos, políticos, sociales….Como si la ‘Suspiria’ de Guadagnino quisiera hacer toda una indagación intelectual pos segunda guerra mundial a través de la fantasía, el terror y ¿por qué no decirlo? cierta pornografía de la perversidad.

‘Suspiria’ de Luca Guadagnino

Tratando a sus personajes de una forma absolutamente impersonal y desapasionada (pareciendo que quiere por encima de todo ser lo contrario), la película concentra su exceso de ingredientes en la explicitud visceral y sangrienta (advertimos de que es una película con secuencias muy gore) con lecturas, presuntamente, intelectuales (Ese psiquiatra interpretado por Tilda Swinton, las lecturas fascistas en las montañas de cuerpos amontonados o el arte como herramienta de tortura). Lo que se ve en ‘Suspiria’ es un espectáculo del horror, de estética expresionista, montaje simétrico, cámara omnipresente, y desconcertante, y personajes cuyo cuerpo es usado como títeres de lo maligno y lo perverso. Como si el fascismo fuera una magia negra que hechiza a sus víctimas movilizándoles hacía el horror, la transferencia corporal, la aniquilación de la identidad y la ausencia del deseo. Quedándose a las puertas de todo y sin indagar en nada (recalcamos que la película dura dos horas y media, una hora más que la de Argento), ‘Suspiria’ no es más que un desapasionado espectáculo pesadillesco, posmoderno y terrorífico con una simple tesis anti fascista y con demasiadas, y “correctas”, pretensiones intelectuales. Y porno de la crueldad. Mucho.

Da la sensación de que el problema de Guadagnino (problema ya presente en la sobrevalorada ‘Call me by your name’ o ‘Cegados por el sol’) es que quiere complacer a toda clase de públicos y críticos, arrojando su multitud de personajes y temas al acantilado de sus pretensiones folletinescas y estetas en las que el conjunto parece decir de todo pero no dice de nada. Al final, intentar justificar ‘Suspiria’ con cuartas intelectuales no es más que resucitar ‘Suspiria’ para nada. Solo para lucirse en la puesta en escena de una mitológica y maligna danza macabra que parece gritar desde lo más profundo de los infiernos la desesperación de una pesadilla que oscila entre la realidad y lo ficticio: La magia magnética y la erótica del fascismo, de la esclavitud y del poder. Todo ello es contado por Guadagnino para arrastrarnos a un final, que podría calificarse como “de vergüenza ajena”, con un último plano que añade ya el esperpento definitivo, y cursi, a una película tan caótica e inestable como su director. En pocas palabras, lo único infernal que hay en ‘Suspiria’ es la impresionante banda sonora de Thom Yorke. Lo demás es un tedioso y pretencioso espectáculo de lo grotesco.