LO QUE ESCONDE SILVER LAKE de David Robert Mitchell: Desentrañando el pop art

(…) El espectáculo es la reconstrucción material de la ilusión religiosa. La técnica espectacular no ha podido disipar las nubes religiosas donde los hombres situaron sus propios poderes separados: sólo los ha religado a una base terrena. Así es la vida más terrena la que se vuelve opaca e irrespirable. Ya no se proyecta en el cielo, pero al- berga en sí misma su rechazo absoluto, su engañoso paraíso. El espectáculo es la realización técnica del exilio de los poderes humanos en un más allá; la escisión consumada en el interior del hombre.

-Guy Debord, 1967:44.

 

Muchas cosas se pasan por la cabeza del espectador viendo la coctelera pop y posmoderna que es Lo que esconde Silver lake, la nueva película de David Robert Mitchell (director de la, considerada, obra de culto contemporáneo It follows): El pop, el grunge, lo kitsch, el pastiche de referencias y géneros, el imaginario de Hitchcock (música referencial a la de Bernard Herrmann y espionaje en coche a lo Vértigo, y con prismáticos a lo Ventana indiscreta, incluidos) y de las novelas de Thomas Pynchon se unen a acontecimientos clave relacionados con el auge del desencanto post-Vietnam y del espíritu millennial para conformar una compleja época que no es otra que la nuestra. Todo ello enfocado en una cultura que focaliza la existencia humana en el hedonismo, el culto al cuerpo, la cultura materialista y popera y en cierto anestesiamiento dedicado a un ser humano, que es más consumidor que persona, incapaz de percibir la manipulación que le llega diariamente a través de canciones, películas o shows de diversa índole. Todos destinados a ejercer su función, ya saben, la de control mental, a través del entretenimiento. Lo que esconde Silver lake se refiere a nuestro tiempo, a una época confusa en la que no se puede discernir entre la realidad y la ficción ya que todo lo real parece irreal y viceversa (difícil no recordar alguno de los monólogos de Network: Un mundo imparable). La realidad está en el consumo del porno, de los cómics, de la cultura pop, del espectáculo…en pocas palabras, el mundo es propiedad del entretenimiento y el espectáculo. Y nuestra percepción del entretenimiento es también lo que ha cambiado. Lo que ignoramos es quien está detrás de todo este complejo y sofisticado engranaje, o sistema, de control mental llamado “pop art”. De esas actitudes de la vida real que se parecen más a una película o a una estética marcada que a una definición identitaria, llamémosla, “orgánica”. De esa cosa tan inocente que algunos llaman “entretenimiento” y que Robert Mitchell enfoca (como muchos antes que él) como una secta.

‘Lo que esconde Silver lake’ de David Robert Mitchell
‘Lo que esconde Silver lake’ de David Robert Mitchell
‘Lo que esconde Silver lake’ de David Robert Mitchell

En lo que parece una especie de bucle, o callejón sin salida, con aroma a paranoia y a delirio, con ecos cercanos a un ensayo propio de Lipovetsky, Lo que esconde Silver lake se comporta como un híbrido neo-noir, navegando entre los rasgos estilísticos de David Lynch, Alfred Hitchcock, Paul Thomas Anderson, Nicolas Winding Refn o Pedro Almodóvar, en el que los elementos más propios del cine de género quedan al desnudo y al descubierto para explorar diversos conceptos, que van mutando entre sí, hasta conformar un tablero de ajedrez tan extraño y extravagante como aturdido. Todo en nombre de las dos palabras más definitorias de nuestra época: entretenimiento y confusión. Una época marcada por la imposibilidad de que llegue la muerte o la vejez, el sexo o el placer sin sustancias, la indefinición del rol masculino, las crisis espirituales ligadas a la adicción a la tecnología o la subsistencia más allá de las ciudades, las prisiones, en las que se haya inmerso el individuo contemporáneo. En pocas palabras, todo aquello que parece liberar no es más que esclavitud disfrazada.

Lo que propone así la brillante y extraña última película de David Robert Mitchell es que vivimos encerrados en lo más profundo de una cueva que no es nuestro hogar seguro o confortable sino nuestra tumba (referencias a la caverna platónica incluida). Una tumba en la que la deshumanización propia de la época posmoderna nos alcanza para aniquilar todo atisbo de comunicación entre personas que es usado con el lenguaje que la cultura pop nos ha entregado, y lo hace día tras día, sin que sepamos el oscuro propósito de esto o de aquello. Ahí radica el misterio de Lo que esconde Silver lake. Desde la sátira al mito y del mito a la lectura generacional del absurdo y la estupidez como el centro de la vida de los nuevos individuos del nuevo mundo.

‘Lo que esconde Silver lake’ de David Robert Mitchell.

Sam (Andrew Garfield), un chico aburrido que vive sin hacer nada, y que se haya aburrido y perezoso, vive una insustancial monotonía hasta que un día desaparece una chica con la que estaba tratando de ligar. A raíz de este hecho se inicia una serie en cadena, e infinita, de acontecimientos extraños como el calcinamiento de un billonario, la presencia de un asesino de perros, de una mujer búho que mata personas a través del sexo, un viejo compositor que parece haber compuesto todas y cada una de las canciones pop desde mediados del siglo XX hasta nuestros días, una secta o una mujer disfrazada de globos. El lenguaje y el código es incomprensible (la saturación de “lenguajes” también) y la investigación de Sam torpe y fallida.

Sam es, en definitiva, un chico que pierde el tiempo en buscar sentido a la cultura pop y que se siente perseguido constantemente (ecos a ‘It follows’) por una fuerza de control mental a la que es incapaz de llegar a pesar de que debe dinero a su casero y le van a quitar su casa. Este antihéroe (que recuerda al Doc Sportello de Puro vicio o al Nota de El gran Lebowsky) es en sí un vouyeur agresivo y perturbado obsesionado con las imágenes y que requiere anestesiarse para calmar su hastío y aburrimiento de diversas formas. Todo ello en un estallido de paranoica, rabiosa, e inexplicable atmósfera colorida, excitante y profundamente noir, pop y kitsch (todo de forma autorreferencial dentro de la propia película al servicio de desnudar los elementos de la misma). Una película importante y, pese a su disfraz de memez posmoderna, brillantísima e inteligente obra que, pese a todo, peca de un exceso de ganas de conmocionar o incomodar al espectador con cierto efectismo y una duración algo desmesurada. Con todo ello, una reflexión de un mundo que se ahoga entre lo viejo y lo nuevo sin poder alcanzar una superficie que nos libre del “engaño”. Así, sin más.