LA BALADA DE BUSTER SCRUGGS de Joel y Ethan Coen: Reírse de la muerte

La última película de los consagrados hermanos (Joel y Ethan) Coen, galardonada con el premio al mejor guión original en la pasada edición del festival de Venecia, ‘La balada de Buster Scruggs’, ha sido estrenada el pasado viernes 16 de noviembre en formato doméstico, es decir, en»formato Netflix». La plataforma, que además ganó el león de oro en Venecia con ‘Roma‘ (Alfonso Cuarón) está empezando a granjearse toda una fama de poner dinero en importantes producciones cinematográficas como también ha podido verse este año en ‘Aniquilación’ de Alex Garland o en la obra póstuma de Orson Welles, ‘Al otro lado del viento‘, que ha podido ser terminada gracias a la ayuda económica de la plataforma.

Ya sea en una sala de cine o en el salón de casa, ‘La balada de Buster Scruggs’ se estrenó el pasado viernes tras una larga espera. Se trata de una película divida en seis episodios, todos acerca de disputas entre la vida y la muerte así como el frágil y absurdo peso de la existencia humana, cuyo principal nexo es un libro por el que discurren las historias. Las historias de los Coen, a cada cual más negra y melancólica, parecen ir con facilidad de la buena ortografía al «manual de estilo», de la brillantez a la belleza y de ahí al fatalismo (como siempre en los Coen, al hoyo). Y es que, los Coen, saben, y lo demuestran en ‘La balada de Buster Scruggs’, que estar muerto o vivo no es algo bueno ni malo sino una circunstancia o, meramente, una opinión sin la más mínima importancia. Siempre sin una validez objetiva o radical, los personajes «Coenianos» parecen parodiar el absurdo esfuerzo del ser humano por dotar a la vida de un peso que la hace más una carga que un agradable camino ya que, lo deseen o no sus criaturas, el destino fatal siempre está al final de cada historia asique ¿Por qué no reírse en la cara de la todopoderosa e invencible muerte?

Un alegre idiota aunque cantarín asesino, Buster Scruggs, vaga por el desierto cantando alegres y melódicas canciones dispuesto a acabar con todo aquel que se interponga entre él y su suerte. Un día topa con unas malas cartas jugando al póquer y se inicia un mal día para Buster en el que, los Coen, despliegan todo un absurdo y fantasioso juego de espejos entre la vida y la muerte, entre las buenas cartas y las malas (unas que tarde o temprano acabarán por llegar). La segunda de la historias trata de un ladrón de bancos que, al igual que Buster, parece tener suerte (pese a no merecérsela del todo). Un día, con una soga alrededor del cuello, se enamora de una chica aunque ello no va a tener el resultado que él espera.

Buster Scruggs (Tim Blake Nelson)

La tercera de las historias, probablemente de las más tristes, bellas y melancólicas historias de los Coen, narra la poética historia de un chico sin extremidades que es utilizado como un mono de feria pese a su enorme corazón. Los brazos y piernas del chico pertenecen a un empresario gañán, insensible y aprovechado que solo quiere sacar ventaja del chico sin extremidades. Pese a las bellas palabras y la gran retórica del chico sin extremidades, y su admirable capacidad para contar historias, cada vez menos gente de su público le escucha ya que prefieren, simplemente, entretenimiento por encima del arte o la sensibilidad. El chico, toda una representación del arte «mayúsculo», recordando incluso al arte moderno, aquel que engrandecía las virtudes y la dignidad del ser humano, se encuentra incapacitado pues el público, y el que pone el dinero y lo recoge, lo han sentenciado a un triste y perverso destino.

‘La balada de Buster Scruggs’

La cuarta de las historias narra la historia de un anciano que dedica día tras día, en un bellísimo y natural paraje, a la incansable búsqueda de oro. Dicha búsqueda, en consonancia con su respeto y amor por la naturaleza, llevará al protagonista a un frágil camino en el que la bondad y la maldad se enfrentarán para lograr el oro. La quinta de las historias, probablemente la mejor de la película, narra una historia de amor en el que la fragilidad de la vida y la muerte, expresada en las cuatro historias anteriores, se ve traducida o transformada, como se prefiera, en una frágil pelea entre el nacimiento del amor y la amenaza de su extinción. La sexta historia viene a subrayar de forma convincente y correcta, aunque temo que solo eso, la tesis de todas las historias, puede que de toda la obra de los Coen, y es que tras todo la excéntrica, estúpida y verborréica importancia que el ser humano quiera darse, no habrá nada como una canción para expresar toda la amarga verdad que tiene el ser humano por el echo de haber nacido (esa amarga canción suele ser a menudo un consuelo). La música es así, y no solo en ‘La balada de Buster Scruggs’ sino en toda la obra de los Coen, la única salvación para toda la estupidez y mezquindad reinantes en la especie humana.

Pese a ello, los personajes de la obra de los Coen, no siempre aprenden «una gran lección» o adquieren un gran elixir, sabiduría o recompensa. Lo único que les pasa es la impredecible y frágil existencia, atontándoles y embriagándoles con fatalistas sucesos, amargos tragos y música redentora cuyo único fin es el del arte. Este fin no es otro que el de ser un tonto consuelo para un tonto mundo. Para unos tontos seres humanos que, con su libre albedrío, forman un caótico mundo en el que la sangre, el amor, la casualidad, la inestabilidad de la vida y el alimento de las pasiones forman un pantanoso terreno en el que, aún, pese a lo absurdo que resulta, aún buscan la felicidad. En pocas palabras, lo que une a los seres humanos en el cine de los Coen y en sus caóticas situaciones no es la bondad o la maldad sino la estupidez y la absurda idea de que prosperarán aunque la muerte esté, o pueda estar, a la vuelta de cualquier esquina. Así, lo que les hace grandes y lo que los empequeñece, no es más que lo mismo. Una y otra vez y, siempre, en una cíclica, dolorosa y preciosa experiencia. ‘La balada de Buster Scruggs’ es así un libro de cuentos, todos ellos convertidos en cine con una brillante sintaxis (sin que decir de la espectacular partitura del gran Carter Burwell), cuyo nexo principal es lo literario, lo grotesco, lo humorístico y lo trágico sobre la fragilidad de la vida, la muerte y el amor (ya sea a una mujer, a un hombre, a una guitarra o a un paisaje).