Crítica de ‘Dogman’ de Mateo Garrone

El reverso de la podredumbre y la miseria enquistadas en la vida de los personajes es el reflejo natural de la envoltura que recubría la película esencial de Matteo Garrone hasta el momento. “Gomorra” plasmaba la conceptuación del mal, la violencia y la opresión en una extenuante adecuación de la frialdad en el entorno, como si la crudeza y la indigencia no se saliesen de la más completa normalidad. En “Dogman”, Garrone reincide en dicho planteamiento, en busca de una mirada tan veraz pero revestida de fábula malsana, a través de la vida de un peluquero canino en una barriada a las afueras de Roma.

La inviabilidad de consumar una conducta que ayude a alejarse de la inmundicia afligida es la caracterización real de un personaje paradójicamente alejado de los rasgos fríos y violentos que componen el espacio. La composición fabulesca de la película obliga a Garrone a enfatizar directamente sobre las condiciones de los personajes, haciendo una ostentosa invitación al cubrimiento del arquetipo seleccionado para cada uno de ellos. Como toda condición de cuento o historia mayormente literata, “Dogman” no escapa de cierta moralina en función de la síntesis del hombre bueno que sucumbe al lado oscuro como causa contextual; no obstante, Matteo Garrone podía perfeccionar el trabajo si proyectase cierta extensión temática y no quedase reducida únicamente al desarrollo de dicha fábula, interesante cuanto menos.

‘Dogman’ de Mateo Garrone

“Dogman” se resume en la gran capacidad de inmersión en una atmósfera de similares contornos a los dibujados en “Gomorra”, seguida de la inmensa interpretación de Marcello Fonte, puesto que con las características de su personaje, la película adopta la forma de un prisma invertido por la ferocidad y la inocencia que salvaguarda la existencia de ambos lados del espejo, constreñidos por la oscuridad cotidiana.