Crítica de ‘El árbol de la sangre’ de Julio Médem

Las credenciales estilísticas de un director como Julio Medem propulsan un ostensible resentimiento en función del impulso – cada vez mayor – por subvertir la situación de degradación artística a la que se ve sometido desde hace tiempo. Un impulso construido en base al revestimiento estructural del éxito pretérito en el que, sin implorar un mínimo parecido a las propuestas originales que compusieron la personalidad cinematográfica de Medem, las necesidades revitalizadoras por incidir en cierto proceso de evolución se desvanecen tras una innegable y visible vocación irrisoria.

“El árbol de la sangre” es la extenuante e impulsiva exhibición del cuerpo femenino como abominable y alucinada simbiosis entre la estilización de la imagen y la falsaria complejidad narrativa. La determinación de un cuadro argumental basado en la contemplativa traslación de tiempos – consecuencia de una estructura de diversa envoltura – destapa cierta seducción con el cuerpo narrativo, puesto que el pragmatismo al incurrir en la redundancia atropellada de sucesos invita a cierta fascinación sobre el desorden lineal.

Una escena de ‘El árbol de la sangre’

La función de vertebrar una historia al servicio de la alteración narrativa guardaba un poso coherente y de hendidura poética en películas como “Los amantes del círculo polar” o “Vacas”, donde el conjunto conceptuaba la utilidad de los márgenes magnificentes del apartado visual, al igual que una determinada pomposidad en los diálogos. En “El árbol de la sangre”, todo parece una mala copia de aquellos ejemplos en los que la emoción emanaba de manera natural, paradójica afirmación respecto a la potencia recargada de cada película. Julio Medem incide en la construcción de un esqueleto a través de historias pasadas, romances y enredos, en las que aquí cimenta el grueso de dos familias al unísono. La particular fascinación por rodar cuerpos femeninos, al igual que en otras de sus películas, viene dada por el vacio, intentando encubrir la inconsistencia, el delirio y la inverosimilitud de un producto tan recargadamente ñoño como indigesto. Otra abotargada e ilógica pretensión lírica de Medem sumido en el absurdo.