66SSIFF: ‘3 caras’ de Jafar Panahi.

La última película del iraní Jafar Panahi, ‘Tres caras’, ganadora del premio al mejor guión en el festival de Cannes 2018 y que pudimos ver en la 66 edición del festival de San Sebastián en la sección Perlas, es ante todo un grito de socorro y de esperanza. Los problemas con la justicia de Panahi, quien tiene prohibido rodar en su país hasta el 2030 (a la vista está que se salta la prohibición a través de rodajes clandestinos) por hacer cine considerado como propaganda contra el gobierno iraní y por su condena (actualmente está en libertad) por apoyar a Mir Hossein Musavi, el candidato opositor al régimen de Mahmoud Ahmadineyad, es fundamental para entender el cine de este director que trata sus películas como gritos de socorro. Los artistas y las mujeres (resumido de forma magnífica en el brillante detonante de ‘3 caras’) están atrapados y nos piden ayudas a través del los límites del cuadro, de las las pantallas.

‘3 caras’ comienza con la grabación de un teléfono móvil en el que una chica se cuelga de un árbol debido a que su familia no le permite ser actriz (se perciben ecos lejanos del comienzo de ‘Happy end’ de Michael Haneke). Haneke y Panahi parecen tener puntos focales en común como son el artificio del cine o las imágenes así como el espíritu de denuncia pero, mientras Haneke desnuda los elementos de la imagen para inducir a una reflexión acerca del artificio de la misma en el espectador, Panahi, quien no obvia el artificio de las imágenes, pide auxilio en lo que sería todo un ejemplo de simulacro.

‘3 caras’ de Jafar Panahi

Panahi y su actriz principal, Behnaz Jaffari, quienes se interpretan a sí mismos en ‘3 caras’, ponen en duda que su interpretación en la película sea una mera ficción pero también cuestionan que las imágenes reflejen la realidad con mayúsculas (como ya haría Panahi en ‘This is not a film’ o ‘Taxi Teherán’) ya que Panahi y Jaffari, como personajes en ‘3 caras’, dudan de la veracidad del suicidio de la chica joven que les ha mandado un vídeo (con la lógica ayuda de una amiga). Sin embargo, ambos sienten empatía y corren a ayudarla o, al menos, a descifrar la realidad de las imágenes, a buscar la verdad más allá de los límites espectatoriales.

Mientras en Haneke se da la frialdad y la pasividad ante las imágenes, en Panahi reside la empatía y la esperanza ante las mismas. Panahi sabe de la fuerza del cine y del profundo efectismo que produce y, por ello, el detonante de ‘3 caras’ es una de los más brillantes detonantes vistos en mucho tiempo en una sala de cine. Panahi sitúa su historia en la Irán rural pero con un espíritu de denuncia aunado al humor, sin más sordidez que la del impactante comienzo de la película. Hay una conciencia de tesis y de denuncia en ‘3 caras’ pero está no duele ni es agresiva con el espectador (ni con sus personajes “víctimas”). Panahi pone valentía y no victimismo, pide ayuda pero sabe que no es algo de lo que avergonzarse. Solo queda así una conciencia de valentía cinematográfica y una ficción, en cuyos límites y espacios, se cuela la realidad. En medio del cuadro, real o no, un retrato lírico, humano y triste acerca de las limitaciones de un país que desprecia a sus artistas y a las mujeres.