Crítica de ‘El ángel’ de Luis Ortega

La idea del desarrollo narrativo, al trastornar el primer modelo de descripción y que desemboca en el impacto al subvertir una falsa apariencia, se encara mediante una lejanía ilusoria, casi indescifrable hasta el momento presencial. Hay algo enigmático y notoriamente imperecedero en la mirada, un sentido estricto de figuraciones infinitas, ya que tras el rostro de mayor contemplación inmaculada, puede esconderse un verdadero demonio. Es el caso de Carlos Robledo Puch, el ángel de la muerte, el cual Luis Ortega lleva al cine de forma ostentosamente rimbombante, en consonancia con la interpretación de las apariencias desde un lado iniciático.

“El Ángel” plantea, desde la contradicción visual, una serie de elementos que desvisten y se oponen a la determinación de un personaje tan insondable como escurridizo. Luis Ortega busca subrayar el margen desconocido del protagonista – al desvincular el planteamiento de su historial delictivo–  a través de un proceso estilístico vistoso y presuntamente elegante, pese a que la formas acaben pareciéndose a la ya vista “El Clan” de Pablo Trapero, con la que comparte mucho más que una producción capitaneada por Almodóvar.

Apegándose a una composición de puestas en escenas coloridas, ritmo musical y finos destellos de un magnetismo arraigado al potencial de una historia de interés criminal, “El Ángel” carece de la necesidad de proyectar una narración más allá del esplendor causado por su estrambótica superficie. Una vez que el funcionamiento de dicha fórmula queda desgastado, se echa en falta el necesario valor de concreción respecto al personaje de Carlos Robledo, y de adentrarnos en el subsuelo del mal, un mal revestido de color y artificios no precisamente bien ejecutados.