Crítica de ‘Purasangre’: La simulación del amor.

Dos amigas, cada una andando en su psicología individual, recuperan el contacto después de muchos años separadas. Una es la hipersensible Lily (Anya Taylor-Joy) y la otra es Amanda (Olivia Cooke), una psicópata que ha aceptado hace muy poco su estado mental, sin complejo ni culpa. Ambas adolescentes pertenecen a la clase alta y nadan en la abundancia pero eso no les evita problemas. Amanda se encuentra en vísperas de un juicio por haber matado a su caballo con un cuchillo mientras que Lily odia su vida porque se siente atormentada por su rico padrastro. Viven-como diría un personaje de la película- en una jaula de hámster. Vacías y deprimidas deciden planear un asesinato. Así se plantea la ópera prima de Cory Finley: ‘Purasangre’.

El interés satírico sobre las clases burguesas que rodea a ‘Purasangre’ se encuentra inmerso en una película que utiliza dicha sátira como fondo y contexto para hablar del tema que verdaderamente interesa a Finley (guionista y director de esta ópera prima): La simulación. A Finley le interesa hacer un símil metafórico entre los purasangre y las protagonistas, dos jóvenes ricas incapaces de lidiar con el vacío y frustraciones de una vida en el que el lujo reina al mismo nivel que las patologías. El personaje de Lily es una chica aparentemente educada (más bien amaestrada) que odia a su padrastro, a quien ella y su madre deben contentar aunque sea un imbécil. El personaje de Amanda es una chica perturbadora e inquietante incapaz de sentir ninguna emoción pero que sabe simularlas muy bien. Ambas, en plena resurrección azarosa de su amistad (la madre de Amanda le paga 200 dólares a Lily por ser la tutora de su problemática hija) , se darán cuenta de que la empatía no es el fuerte de ninguna y de que sus vidas, en medio de tanto lujo, están huecas. 

Finley explora en el contexto de la riqueza de sus protagonistas una sociedad adicta al dinero y a las redes sociales (la cumbre de la simulación de la amistad) que transforma a las personas en su disfraz, en su máscara, en su copia, en su propio simulacro. La amistad nacida entre Lily y Amanda es una simulación basada en los intereses de una sobre la otra, de una ama (la manipuladora y falta de empatía Lily) y una sierva (la psicópata Amanda). Sin embargo, Finley se empeña en presentarlas en apariencia como lo contrario. Amanda afirma en una parte de la película: “No tengo sentimientos pero eso no quiere decir que sea mala…solo que tengo que esforzarme más por ser buena”. La relatividad moral en la que se mueve la película acaba siendo más explicativa de lo que podría esperarse. Las patologías de ambas personajes protagonistas acaban resultando como su propia vida o pensamientos: una mentira que cuentan a los demás (espectadores incluidos), un reflejo, una simulación de la verdad que esconden en su mente.

El personaje de Amanda acaba siendo el más honesto y el menos peligroso aunque en apariencia pudiera parecer lo contrario. Cuando Lily decide cometer un crimen lo hace con un fin puramente pasional mientras que Amanda actúa por compasión (como en el caso del caballo que mató para que no siguiera sufriendo) Podría decirse que a Amanda solo podría acusársele de su falta de tacto mientras que la verdadera falta de empatía, la verdadera psicopatía, la verdadera maldad, se encuentra en el personaje de Lily. De este modo, Finley nos habla de un mundo gobernado por la apariencia y por la simulación. De un mundo en el que los purasangre (entiéndase las clases adineradas) son apariencia que ocultan tras su larga sonrisa (su “pedigrí”) un enorme vacío emocional que les predestina a llenar el tiempo con un exagerado culto al cuerpo (véase la vigorexia del padrastro de Lily o la obsesión de su madre por los tratamientos de belleza) Lily es una purasangre más, es ese hámster encerrado en una cárcel de lujo privada de todo lo que desea y que nunca se conforma con no conseguir lo que quiere. Amanda es, irónicamente, como ya mencioné antes, la más honesta de la propuesta (y todo lo contrario de lo que se nos presenta en apariencia). Amanda dice no ser una amiga sino una fingidora. De este modo, Amanda es la pobre víctima de un mundo gobernados por “Lilys” que siempre se salen con la suya. Finalmente, cada una acaba en su lugar: Una en lo más alto y otra en lo más bajo. Podría decirse que es el precio, nada complaciente, a pagar por ser como una es (cosa que se nos rebela en los dos últimos planos de la película)

Paralelamente, ambas contratan de sicario para llevar a cabo su crimen a Tim (espléndido Anton Yelchin), un chico de los suburbios con una vida tremendamente difícil. Un títere más en la mano de la perversa Lily. Una vez aquí cabe preguntarse ¿cómo utilizan los psicópatas el disfraz de hipersensibles? En una escena, Amanda dice usar “la técnica”, un truco que te permite llorar y fingir emociones sin ninguna dificultad, cosa que Lily aprende (¿o refuerza?) de ella.

De nuevo la simulación (la apariencia, el dinero, la falsa hipersensibilidad, la cara sonriente) es la que mueve los hilos de la realidad. El final eleva a ‘Purasangre’ a un diagnóstico social más allá de su horror teen, noir o comedia negra. Una película que contempla la simulación desde la honestidad, con, como se diría de manera más normal, “los pies en la tierra”. Con ecos a ‘Criaturas celestiales’ (Peter Jackson), Cory Finley habla finalmente de una generación obsesionada con Steve Jobs que apremia el dinero y la falacia antes que la honestidad, de una sociedad que tilda de psicópatas a las personas incorrectas, de un mundo posmoderno que se encuentra dominado e hipnotizado por el simulacro. Una película notable.