‘La noche del cazador’: El forastero misterioso.

La noche del cazador es una película americana del año 1955 dirigida por Charles Laughton y protagonizada por Robert Mitchum y Shelley Winters. Laughton fue un actor británico conocido especialmente por la dirección de esta película, que fue, de echo, la única que dirigió en toda su carrera, pero es difícil no recordarle por las interpretaciones que entregó en filmes como Testigo de cargo (1957) o en sus colaboraciones con David Lean, Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick o Jean Renoir. Actor del método, profundamente teatral, trabajó como actor de cine y teatro toda su vida entre Reino unido y Estados unidos. El mismo Laughton diría respecto al Actor’s Studio (asociación de la que salieron actores como Marlon Brando o Ellen Burstyn): “Un actor del Método te ofrece una fotografía: yo prefiero hacer una pintura al óleo”. Laughton consideraba, denotado de dicha afirmación, la interpretación como un arte en sí mismo. De esta afirmación del intenso actor y director no resulta de extrañar que la consecuencia de su puesta en escena, como director, fuera una película tan teatral y cinematográfica al mismo tiempo como es La noche del cazador.

Un atraco en el que un pueblerino, Ben Harper, obtiene diez mil dólares y los esconde frente a la atenta mirada de sus hijos es el detonante narrativo de una película que habla de la clásica lucha entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, lo sagrado y lo profano, el odio y el amor (simbolizados literalmente en los nudillos del villano de la trama). En definitiva, entre la pureza de los niños, los hijos de Harper, y la maldad de la pureza corrompida por un adulto evidentemente perturbado, neurótico obsesivo, fanático y muy peligroso, el predicador Harry Powell. Cuando Harper es condenado a muerte es cuando Powell decide ir a su casa, seducir a su mujer, casarse con la viuda y emplear la intimidación contra los niños, los únicos que saben donde su padre guardó el dinero. No es hasta que vemos a Pearl, la hija de Harper, escondiendo el dinero, jugando con él, en un peluche, que el espectador descubre el paradero del dinero; dicha información llega al conocimiento del predicador Powell cuando, la hija menor del difunto Harper, confiesa, al ver que la vida de su hermano corría peligro, el escondite del dinero. El peluche, símbolo de la inocencia, esconde en su interior el fruto de los males del corrupto predicador Powell, y quizá de muchos seres humanos, el dinero. No es casual esto ya que, al igual que los nudillos tatuados con las palabras “amor” y “odio” del predicador, el dinero (fruto de los males) se encuentra fusionado bajo la inocente capa de un peluche (símbolo del amor y la pureza) y tampoco es esto casual ya que Laughton nos está hablando de una historia de, como se dice en el prólogo aludiendo a la Biblia, “vendrán lobos con piel de cordero”; es decir, las apariencias y el contenido de las cosas, o las personas, es de lo que se está hablando en esta película. De echo, cuando Pearl esconde el dinero en el interior del peluche lo hace recortándolo con unas tijeras creando siluetas que los simbolizan a ella y a su hermano; de aquí se deduce que el dinero no significa mucho para los niños debido a su falta de corrupción moral y a su posesión innata inocencia, y también debido a la promesa que le hicieron a su padre de nunca revelar el escondite del dinero bajo ningún concepto así como que ambos se protegieran mutuamente pasara lo que pasara. De eso habla la película, de posicionamientos morales como el bien y el mal, el cielo y el infierno, Dios y Satanás; siendo Dios varias cosas o personas, como esa señora que cuida de los niños desvalidos en el tramo final de la película (no olvidemos que Jesús adoraba a los niños) y que los protege de los lobos con cuentos bíblicos, los niños e incluso la propia naturaleza son símbolos de la bondad echa divina en la película; el propio Powell representaría a Satanás aunque él mismo se considera el propio Dios.

La película habla de la naturaleza humana, la “buena” (las presas, los niños, los corderos) y la “mala” (los depredadores, el predicador, el lobo) dando lugar a una visión primitiva del ser humano (esa Biblia del antiguo testamento castigadora y cruel a la que se hace referencia al mencionar la mano de Caín que mató a Abel) en la que el crimen, la manipulación y las mentiras son los principales peligros para un grupo de niños que simbolizan el “amor” de los nudillos del predicador mientras que el propio predicador es el odio en sí mismo (como puede verse en sus amenazantes ataques de rabia o cuando ve actuar a una bailarina semidesnuda) También podría interpretarse como la confusión a la hora de definir a Dios cuando se tiene una visión tan cavernícola de la naturaleza humana y tan divina del creador al mismo tiempo; es decir creerse por encima de los propios seres humanos es creerse un dios. De este modo se justifica que haga falta una mano pura que guíe el odio del ser humano, siendo esta mano la del amor, es decir, la mano de Dios que se encuentra en la palma del pastor Powell. Como un mesías elegido por Dios o, quizá, como alguien por encima del propio Dios; es decir, cree poseer la naturaleza divina intransferible a ningún otro ser, amo de todo y juez de lo justo e injusto. Por este motivo, él siente que Dios está de su lado ya que se siente elegido por el todopoderoso (una conducta muy propia de los locos que se ha dado muchas veces a lo largo de la historia)

Los niños (la pureza) contra el predicador (la corrupción)

De este modo, hablamos, una vez más, de un doble sentido, de una doble capa, de una doble personalidad. De un hombre que, además, nunca se cansa de perseguir a los niños llegando el pequeño protagonista, John, a preguntar en una escena : “¿Es qué no duerme?” Como si Powell viniese de otro mundo, como si fuera la representación divina de todo lo peor que hay en el ser humano echo carne. Como un demonio que no necesita comer ni dormir, solo acechar y comerse a unos niños (de echo cuando le disparan con una escopeta huye como si fuera una especie de demonio o vampiro herido; solo huye y se esconde emitiendo sonidos histriónicos y monstruosos para volver a acechar posteriormente). Su arrogancia, evidente inteligencia, así como su carismática y gigantesca presencia, incluso representado más de una vez con sombras o con una dulce voz que canta una nana para atraer a los niños, denota no solo el trastorno neurótico obsesivo y el fanatismo religioso, sino una conducta psicópata y hasta demoníaca (como puede verse en las antorchas ardiendo mientras él obliga a su esposa a renegar de su difunto marido) El predicador es un docto mentiroso (lo cuál resulta irónico, negro y hasta cínico siendo una persona que se dedica a pregonar la palabra de Dios); encandila a la gente con su presencia carismática y rechaza el sexo con la viuda de Harper al casarse con ella, lo que denota que su único objetivo es única y exclusivamente el dinero, única y exclusivamente el mal. No le interesan los placeres físicos ni las mieles racionales que cualquier villano mediocre podría satisfacer en su camino al éxito como dinero, sexo o materiales.

Los niños, Pearl y John, escapan de sus garras de halcón en una preciosa escena en la que huyen en un río, a la luz diurna de la luna, observando la belleza de la naturaleza (ranas, agua, luz, una telaraña) y es que, de echo, la naturaleza les salva la vida pero queda más evidenciado en un plano cenital que muestra, desde una perspectiva celestial, como Dios cuida y salva a los niños, a los puros, a los buenos. El final es más de lo mismo, Dios salva a los buenos y castiga a los malos. De echo, la película comienza con un plano exterior a la tierra, desde las estrellas (donde vive Dios), en el que la señora que cuida a los niños lee las bienaventuranzas a los mismos para enseñarles el camino recto y bueno y, de ahí, la cámara desciende a la tierra. De este modo, Laughton otorga una perspectiva celestial para una historia tan antigua como las historia de amor y odio: Una lucha absoluta entre el bien y el mal y una divertidísima obra maestra con evidentes rasgos de expresionismo alemán en cuanto a la representación de los decorados, las sombras e, incluso, perfilada en la interpretación exacerbada de sus actores.

La protectora de la pureza.

Laughton crea un continuo juego de luces y sombras (muy acertado para lo que se pretende representar), el blanco y el negro de la película también se ve reforzado gracias a ello (como ese dulce picnic entre los vecinos del pueblo donde todos van de blanco y el predicador de negro). La puesta en escena de Laughton es teatral por eso, por acudir a símbolos conocidos por todos (como las continuas alegorías y metáforas bíblicas) o que viven en el subconsciente colectivo (sin que decir del uso de planos generales y enteros para mostrar escenas protagonizadas por un conjunto de actores en una misma escena y en un mismo plano). De ahí también la temática universal como la batalla entre ángeles y demonios o la fuerza del amor frente al odio (que sería el centro de la temática de sagas de éxito como El señor de los anillos, Harry Potter o Star Wars) La dirección no es subjetiva, la cámara parece simplemente expresar emociones como el miedo o la inseguridad (las sombras), o los momentos de seguridad (cuando los niños viven a salvo en otros lugares) Laughton nos lleva por el camino que él predispone con un lenguaje muy estilizado y dramático. Nos introduce en el fondo del mar, en una casa con formas regulares e incluso fuera de la atmósfera terrestre, donde no viven los humanos sino el creador de los mismos (bajo la lógica de la alegoría cristiana que todos conocemos) La atmósfera nublada y oscura y el olor a sangre navegan por una historia gótica, a medio camino entre la definición de personajes y su extrapolación en objetos o extremidades (las manos) o canciones (la nana que simboliza la llegada del predicador). Un clásico americano de los que crean cátedra.