‘Las horas’: Ensayo sobre el peso de la vida.

En distintas épocas, ciudades y culturas, tres mujeres buscan el sentido de la vida enfrentándose a la muerte, el abismo, la sexualidad y el dilema del suicidio. Stephen Daldry dirigió Las horas en 2002 con la que obtuvo su segunda nominación al oscar tras  la aclamada Billy Elliot (2000) y con la suya se fue a casa con nueve nominaciones entre las que destaca el oscar a la mejor actriz para Nicole Kidman por su soberbia interpretación de Virginia Wolf. Las horas es, para un servidor, una potente obra maestra desgarradora y nada complaciente, un laberinto de las contradicciones humanas y de como el arte de la escritura puede unir distintas sensibilidades cuando esta narra temas universales como la rutina y el significado de la vida así como el de la propia muerte. La película comienza con la, verdadera, escritura de la carta de suicidio que Virginia Wolf le dedicó a Leonard Wolf antes de hundirse en un río con piedras en los bolsillos:

“Querido:

Siento con absoluta seguridad que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Yo sé que esta vez no podré recuperarme. Estoy comenzando a oír voces, y me es imposible concentrarme. Así que hago lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que uno puede ser. No creo que haya habido dos personas más felices que nosotros, hasta que ha venido esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Sé que lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo a ti toda la felicidad que he tenido en mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo — todo el mundo lo sabe. Si alguien hubiera podido salvarme ese alguien hubieras sido tú. Ya no queda en mí nada que no sea la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que lo hemos sido tú y yo.

V”

Sin duda es toda una declaración de intenciones empezar una película con una “carta” de presentación de un personaje que es, a su vez, una de despedida. Virginia Wolf se hunde en el río y al instante aparece, surgido de un elegante fundido en negro, un coche llegando a una casa de Los angeles en 1951 en el que Laura Brown se despierta mientras su marido ha ido a traerle unas flores. En 1923, Londres, Virginia Wolf está en la cama despierta, distraída, mirando a la nada y vuelve a cerrar los ojos. De la oscuridad nace entonces el sonido de un metro en 2001 en Nueva York (Como si Wolf imaginara que ocurre en esta historia, en este tiempo). Del metro sale una mujer que se dirige a su casa para meterse en la cama con su pareja, Clarisa Vaugham. Las tres se acicalan, en los tres hogares vemos flores yendo de mano en mano por la casa, las tres miran la puerta como si dudaran si salir de la cama o no hacerlo. Las flores unen la vida de tres mujeres acompañadas de las notas de piano de Philip Glass denotando que tras la apariencia de que todo va bien, no es verdad en el fondo.

Virginia Wolf escribe La señora Dalloway, su novela más representativa, que comienza con la cita:

“La señora Dalloway dijo que compraría las flores ella misma”

 Hasta aquí ya se nos hace patente que Virginia Wolf escribe la obra en 1923, Laura Brown la lee en 1951 y Clarisa Vaugham (la señora Dalloway de la obra de Wolf) la vive en el 2001. La novela de La señora Dalloway (publicada en 1925) narra el día de Clarisa Dalloway, mujer atrapada que quiere vivir su verdadera vida y que está preparando una fiesta. Laura Brown en los años 50 prepara el cumpleaños de su marido y Clarisa Vaugham, a principios del nuevo milenio, prepara la fiesta para su amor de la juventud, Richard Brown, quien va a recibir un prestigioso premio de poesía. Las tres mujeres ocultan su homosexualidad y sus ansías por respirar en un mundo que las asfixia por darle alas sin poder usarlas. El caso de Virginia Wolf es la enfermedad, el caso de Laura Brown es la familia y su papel como esposa y madre, así como un enamoramiento nada fortuito de una amiga, y el caso de Clarisa Vaugham es la de vivir su vida a través de la enfermedad de Richard Brown, de quien vive atormentadamente enamorada.

Pero más allá de los matices superficiales para la comprensión general de una obra tan compleja como esta, el tema por encima de todo es la mujer y su derecho a elegir que hacer con su vida. Virginia Wolf no quiere que su enfermedad la limite a vivir en un pueblo y una vida que odia, Laura Brown no quiere que su familia y el canon establecido para la mujer le prive de vivir su vida, una vida en el que será esclava de su marido y su hijo sin poder trabajar y sin más que hacer que cuidar su casa y ocultar muchos secretos y, por último, Clarisa Vaugham, quiere vivir su propia vida huyendo de su consagrada vida laboral, sentimental y de la depresión que le acuna cada día por amar a un hombre con quien no puede más que compartir fantasmas, enfermedad y muerte.

“Alguien tiene que morir para que los demás puedan apreciar la vida”

Dos personajes deciden suicidarse en la película, Virginia Wolf y Richard Brown, dejando a sus amores solos en la tierra. Ambos, enfermos en distintas épocas y por distintas enfermedades, mueren atormentados por la enfermedad con la esperanza de liberar a sus respectivos amores del tormento y la depresión que causan a su alrededor para hacer libres a sus protagonistas (todo esto en términos poéticos, la película no justifica el suicidio, es una herramienta narrativa como cualquier otra). Sin embargo, Laura Brown no se suicida pese a intentarlo. Como dice el mismo personaje: “Yo elegí la vida”. Una vida que la traduciría para el resto de la sociedad, familiares y amigos como un monstruo ya que abandonó a su hijo y a su marido sin dar explicaciones. Laura Brown puede ser un monstruo o no, depende del punto de vista; Laura se encuentra en los años cincuenta y está es la época de mayor índice de depresión de mujeres americanas que, acunadas por el estado del bienestar, se pasaban el día en casa limpiando su hogar y viviendo sus vidas a través de sus hijos y sus maridos. Muchas mujeres querían un cambio pero sabían que no podían pedirlo y si mostraban signos de depresión (cosa que muestra muy bien películas como Lejos del cielo, Carol o la serie Mad men) se las tachaba de locas o enfermas mentales cuando en realidad lo único que querían eran ser escuchadas como seres humanos y como mujeres pero no como “mujeres”, sin comillas, sin estereotipos ni prejuicios esclavistas que las limitaban a meros aparatos familiares, domésticos y sexualizados. Laura Brown abandona a su hijo y a su marido pero, culturalmente hablando, no sería visto de manera tan desproporcionada si fuese abandonado por un padre o un marido. Ahí radica la grandeza y la diferencia de Las horas.

Albert Camus ya planteó en un interesantísimo ensayo titulado El mito de Sisifo, que la única respuesta frente al dolor y al dilema del suicidio era aceptar el absurdo de la vida con una sonrisa, como algo normal e inexplicable. El personaje de Laura Brown se odia a sí misma y se castiga por elegir vivir su vida y es quizá lo que ha llevado a muchas mujeres a no hacer nada con su vida o a quitársela. No hay tabúes en esta película, es ,sentimentalmente hablando, cruda, agria, triste, honesta y muy emocionante. Una película ,así como su historia, muy humanista y con una visión del tiempo (las horas de felicidad de las que hablaba Virginia Wolf en su carta), el amor y la muerte bastante romántica, como si la luz y la oscuridad, la belleza y la fealdad, la vida y la muerte, la tragedia y la felicidad fueran la misma cosa. Algo innombrable que llamamos vida y que siempre, siempre, pasa en un solo día, ya sea en 1923 o en 2001.