‘Isla de perros’ Sátira anti fascista.

Lejos quedan los días de ‘Academia Rusmore’ (1998), ‘Los tenenbaums’ (2001) o ‘Life aquatic’ (2004), en el que el creativo director de cine, Wes Anderson, exploraba a través de ácidas tragicomedias el papel de los sueños frustrados, la juventud o la imaginación en distintas generaciones de personajes. Anderson, que, seamos sinceros, siempre ha realizado películas de animación (incluso estando protagonizadas por personajes de carne y hueso), realizó su primera película con la técnica stop-motion en 2009, tras el desastre de la fallida ‘Viaje a Darjeeling’ (2007), con ‘Fantástico señor Zorro’; película que catapultó su, nada prescindible hasta la fecha, obra al olimpo de los grandes directores norteamericanos, llegando a crear todo un fandom de seguidores de su particular estilo narrativo y estético, unido a su gusto por las historias ácidas con situaciones cómicas, coloridas y simpáticas. El estilo estético de Wes Anderson consiste en el uso de planos simétricos llenos de composición donde el color, el arte y el vestuario adquieren un significado absoluto sin el cual la película carecería de sentido. ‘Fantástico señor Zorro’ fue todo un éxito de crítica y público, llegando a la nominación al oscar de mejor película de animación y banda sonora original. En 2012 realizó la que, para muchos, es su obra maestra, la esperpéntica ‘Moonrise Kingdom’; dos años después realizaría una de sus películas más divisorias, ‘El gran hotel Budapest’ (2014), película que ha supuesto, a nivel de galardón, su mayor éxito obteniendo cuatro oscars, un globo de oro y el gran premio del jurado de la Berlinale.

‘Isla de perros’ se ambienta en el Japón del futuro y narra, a modo de distopía, la expulsión de todos los animales caninos del país debido a la ambición y corrupción de un malvado político, el alcalde Kobayashi. Un día, el sobrino y pupilo del alcalde se escapa de la mansión de la alcalde para ir a isla de perros a buscar a su fiel perro al que hecha desesperadamente de menos. ‘Isla de perros’ es una clara sátira “Anti-Trump” en la que, Anderson, que ya exploró el fascismo occidental europeo del pasado siglo en ‘El gran hotel Budapest’, se pregunta ahora por un futuro cercano, tan solo veinte años desde ahora, también marcado por decisiones fascistas propias de la ultraderecha en la que los perros son expulsados debido a una tergiversada y exagerada epidemia de gripe en Japón. Por ello es importante diferenciar quienes son los seres humanos y quienes los perros en esta original propuesta que habla sobre corrupción política.’Isla de perros’ es su última película estrenada en España el pasado viernes tras su reciente éxito en el festival de Berlín donde, Anderson, obtuvo el león de plata a la mejor dirección. En medio de un desfile referencial, tanto cinematográfico como literario, en el que encontramos referencias directas al director japonés Akira Kurosawa como ‘El infierno del odio’* (El alcalde Kobayashi sin duda se basa en el particular papel de Toshiro Mifune), ‘Los siete samuráis’ ** (Suena el tema principal de la película) o ‘El ángel ebrio’*** (también aparece el tema principal de la película) se suman el apellido Kobayashi para el alcalde, que es el apellido del director de ‘Harakiri’ (1962) y ‘La condición humana’ (1959-1961), y una atmósfera de violencia envuelta en la corrupción moral del ser humano; también, a modo de referencia literaria, encontramos ‘El principito’ de Antoine de Saint-Exupéry para con el personaje humano de doce años.

¿Y qué papel poseen los perros en esta viñeta animada? Son los chivos expiatorios, los judíos del holocausto, los mexicanos de Trump…son los perros de Wes Anderson. El pueblo está, al igual que los perros abandonados a su suerte en una isla de basura, demasiado amaestrado, demasiado dócil, demasiado “humano”. El extranjero o el diferente ocupa el papel de los perros abandonados de la película. Es por ello interesante que los perros hablen en inglés y los humanos en japonés (salvo algunas veces que los traducen otros personajes y uno que es americano y en consecuencia habla inglés) haciendo ininteligible el diálogo humano y sí el canino. De este modo, Anderson nos cuenta hasta qué punto nos hemos perdido a nosotros mismos, como hemos perdido nuestro lado más salvaje a cambio de una manipulación y adiestración en favor de unos pocos. La manipulación a través de lo que la película denomina literalmente, en muchos de sus excesos de cómica y directa verborrea, “lavado de cerebros” lleva al espectador a la conclusión de un mundo en el que predominan una espiral de mentiras y corrupción de las instituciones políticas, peligrosas mafias que dirigen el mundo a espalda de las elecciones que, por supuesto también se manipulan, y de oídos sordos a la justicia en el que los expulsados a través de una propaganda del miedo y el odio que pasa por encima de la ciencia (representada por el racional y animalista partido científico de Watanabe, quien desarrolla un antídoto para la “fiebre canina”) como si fuera una ramita. Envueltos en un ambiente esperpéntico, absurdo, delirante, cruel y simpático, ‘Isla de perros’ propone una mirada deliberadamente crítica al sistema político emergente de forma globalizada en la que el poder, la miseria y el miedo van de la mano.

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¿Perros salvajes o no?

La película da importancia a la obediencia y fidelidad a un amo como un acto que puede conllevar la perdida de la dignidad y la muerte. Los perros de la isla en la que son exiliados son, en su mayoría, perros domésticos y no saben pelear ni soportan comer de la basura a diferencia de un perro callejero llamado Chief (perro que en una estupenda escena recibe un baño y se convierte en un perro tan limpio y adorable como cualquier otro). Chief es un perro callejero y salvaje acostumbrado a la falta de dignidad y calidad de vida pero, a su vez, es el más preparado para vivir en la isla de perros ya que nunca ha tenido comodidades ni facilidades en su vida y, mucho menos, recibido un baño. En la isla de perros se recurre al canibalismo y a la desesperación como únicas armas para sobrevivir ya que, por desgracia, poco más pueden hacer salvo pelearse y matarse entre ellos. A su vez, en la ciudad, la gente regala sus votos a Kobayashi debido a lo amaestrados y manipulados que están. Es decir, Anderson nos habla de como el alcalde no es el único malvado, sino como la manipulación del pueblo puede llevar a este a encontrar en soluciones crueles y, sobre todo, inhumanas, la justificación para realizar actos terribles en nombre de la seguridad del pueblo; una filosofía absolutamente maquiavélica en la que, finalmente, todos somos cómplices. Los que están en contra de la propaganda fascista de Kobayashi son silenciados o ninguneados (muy al estilo ‘1984’ en el minuto del odio). Es una obra maestra que necesitaba ser contada en stop-motion, en animación, gracias a lo cual obtiene el aroma y distanciamiento necesarios que (como espectadores humanos) nos sirve para introducirnos en una visión más cinematográfica, más lejana de la pantalla, más diferente de nuestra especie y de nuestro campo de visión habitual, más redonda e imprescindible. Lo que queda al final es un precioso mensaje animalista de amor a los perros y una condena absoluta a los actos violentos y exacerbados que provienen de mentalidades psicopátas y fascistas de algunos representantes políticos que  gobiernan y dirigen el mundo de hoy y, esperemos que no aunque suene probable, el del mañana. Una optimista fábula para adultos que se sienten desencantados con el, como es propio de los tiempos posmodernos, panorama político internacional.

 * El infierno del odio: 1963.

** Los siete samuráis: 1954.

*** El ángel ebrio: 1948.