Akira Kurosawa: Cineasta y emperador.

Akira Kurosawa nació el 23 de marzo de 1910 en Oi-cho, en el distrito Omori de Tokio. Fue el menor de ocho hermanos y descendiente directo de samuráis. Fue hijo de Shima e Isamu Kurosawa. Su padre, Isamu, era el director del instituto de educación física del ejercito en el que  habilitó locales para el entrenamiento de artes marciales, judo y kendo; también introdujo deportes occidentales como el beisbol, lo que resulta una curiosidad teniendo en cuenta la profunda importancia que tendrían ambas culturas, tanto la oriental como la occidental, en el desarrollo artístico de la obra de su hijo menor. Su familia no era pobre y podría haber alcanzado la riqueza de no ser por la cantidad de bocas que alimentar que había en casa de los Kurosawa. Akira se inició en la escuela en 1916 y fue educado en el llamado periodo Taisho (1912-1926) en el que Japón experimentó una apertura hacía Occidente, ya fuera desde la literatura soviética, el modernismo europeo o el cine americano. Según Kurosawa, esta época fue importantísima en su desarrollo como persona y cineasta. En 1918, cuando su familia se mudo a otra zona de Tokio, ingresó en la escuela primaria Kuroda en la que conoció a un profesor progresista, Seiji Tachikawa, que le animó en su faceta de pintor. En aquellos años en la escuela Kuroda murió su hermana, Momoto Kurosawa (a la que recordaría en un fragmento de su película de 1990, Los sueños de Akira Kurosawa) y conoció al que sería uno de los guionistas de sus primeras películas, Keinosuke Uekusa. A los trece años se graduó en Kuroda e ingresó en 1923 en el instituto Keika aunque, tras cinco meses de curso escolar, el gran terremoto de Kanto (sucedido el 1 de septiembre) devastó sin piedad Tokio y Yokohama cobrándose la vida de 100.000 personas sucediendo así uno de los acontecimientos más tristes del Japón del siglo XX. El joven Akira vio, acompañado de su hermano, Heigo Kurosawa, al que estaba muy unido, decenas de muertos en las calles, en los ríos, aplastados y mutilados ese mismo día. Ese día se le quedó grabado debido a que su hermano le pidió que observará bien ya que, en palabras de Heigo: “si cierras los ojos ante una visión horrible , acabarás asustado. Si miras las cosas de frente, no hay de que asustarse.” Kurosawa definió ese día como una expedición para conquistar el miedo. 

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(Kurosawa mirando de frente el infierno en el rodaje de Ran en 1985)

Durante toda su adolescencia, Akira Kurosawa destacó en la literatura y pintura pese a fallar en materias como matemáticas o en el entrenamiento militar. Pese a una época de feliz educación cultural, la situación del país no mejoró tras el terremoto Kanto ya que Takashi Hara, líder de “la democracia Taisho”, fue asesinado y la situación económica e industrial de Japón también fueron cuesta abajo. Todo esto, unido a que los hombres más ancianos de la era Meiji (Restauración surgida, entre 1868 y 1912, a partir del derrumbe cultural y político que sucedió cuando Japón que dio paso a la destitución del régimen feudal impuesto hasta ese precioso momento) morían, provocó que el país se volviera militarista y conservador. La depresión económica falló también en la familia de los Kurosawa, que volvió a mudarse a otra zona de Tokio a una casa mucho más pequeña. A finales de los años veinte, al librarse de ir a las filas debido a su baja forma física, Kurosawa decidió hacerse pintor. Tanto fue así, que en 1929 se unió a la liga de de artistas proletarios, participó en un periódico radical y acudía a galerías de arte y cines con frecuencia. En esta época, Heigo Kurosawa se hizo narrador de películas mudas y Akira se fue a vivir con su hermano con quien se hizo más inseparable que antes. Sin embargo, la llegada del cine sonoro hizo que la profesión de Heigo desapareciera y, en consecuencia, se quitó la vida el 10 de julio de 1933 (en 1971 el propio Akira intentaría suicidarse debido a su dificultades financieras) dejando a su querido hermano, Akira, desconsolado (cuatro meses más tarde moriría también el mayor de sus hermanos, Masayasu Kurosawa, quedando Akira como el único varón de la familia). Sus deseos de ser artista se fueron al garete, la economía familiar iba tan mal que no podía permitirse ni siquiera material para pintar, Japón invadió China y Akira Kurosawa contemplaba como su mundo personal y el mundo político, social y económico que habitaba se iban al traste. No sería hasta 1935 que Kurosawa leería un anuncio en el periódico que le cambiaría la vida proveniente del estudio cinematográfico Photo Chemical Laboratories buscando ayudantes de dirección.  

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(Storyboard de la película Ran pintado por el propio Akira Kurosawa en 1985)

Akira Kurosawa fue unos de los directores más importantes de la historia del cine. Murió en 1998 a la edad de 88 años dejando tras de sí un sinfín de obras maestras entre las que se encuentran Rashomon (1950), Vivir (1952), Los siete samuráis (1954), Trono de sangre (1957), La fortaleza escondida (1958), Yojimbo (1961), Sanjuro (1962), Kagemusha: La sombra del guerrero (1980) o Ran (1985). Mantuvo amistad con directores de la nueva corriente de cineastas norteamericanos como Steven Spielberg, Martin Scorsese, George Lucas o Francis Ford Coppola, lo que habla de su estrecha relación con el arte occidental (además de haber sido educado en la corriente Taisho que proponía la apertura a Occidente). Los premios que recibió (el propio Akira o sus películas) también fueron en su mayoría provenientes de Berlín, Cannes, Venecia o de los mismísimos premios oscar, a los que ha estado nominado tres veces ganado dos a la mejor película extranjera por Rashomon y El cazador privándole la academia del oscar a la mejor dirección por Ran pero recompensándole en 1991 con un Oscar honorífico. Su primer gran reconocimiento llegó en 1950 ganando el león de oro en Venecia y el oscar a la mejor película extranjera por Rashomon; más tarde llegarían el león de plata a la mejor dirección por Los siete samuráis en 1954, el oso de plata a la mejor dirección y el FIPRESCI en Venecia por La fortaleza escondida en 1958, el premio al mejor actor (Toshirô Mifune) en Venecia por Yojimbo en 1961, el premio OCIC y la copa Volvi (para Toshirô Mifune) y la espiga de oro en Valladolid en 1965 por Barbarroja, el oscar a la mejor película extranjera en 1975 por El cazador, la palma de oro en Cannes (ex aequo) por Kagemusha: La sombra del guerrero en 1980 y el Oscar al mejor vestuario por Ran en 1985.

Kurosawa es el más importante e internacional de los cineastas japoneses. Compartió protagonismo cinematográfico, en el siglo XX, en Japón con los cineastas Kenji Mizoguchi y Yasujirō Ozu. Kenji Mizoguchi (1898-1958) vivió, al igual que Kurosawa el terremoto de Kanto y retrató el mundo de la mujer japonesa en la primera mitad del siglo XX con películas destacadas como El amor de la actriz Sumako (1947), El retrato de madame Yuki (1950), La señorita Oyu (1951) y La vida de Oharu (1952). Yasujirō Ozu (1903-1963) retrató el mundo de la familia japonesa en la primera mitad del siglo XX con películas destacadas como Las hermanas Munekata (1950), Principios de verano (1951), Cuentos de Tokio (1953), Crepúsculo en Tokio (1957), Otoño tardío (1960). Akira Kurosawa centró su obra en géneros como el cine de aventuras, el thriller  de intriga o suspense y el melodrama. Sus películas solían inspirarse en textos clásicos provenientes de la literatura o la dramaturgia y solía ambientarse en el Japón feudal del siglo XVI para retratar sus historias de samuráis (pese a estar inspiradas en textos clásicos muchas de ellas, Kurosawa inventaba las historias aportando originalidad sobre el texto que adaptaba) que son las más populares de la filmografía del director japonés. No mencionar Harakiri (1962) de Masaki Kobayashi como otra de las fundamentales claves del cine de samuráis japonés, que narra la decadencia y la hipocresía de dichos guerreros, estrenada en la época del éxito de Akira Kurosawa, sería del todo injusto. Akira Kurosawa pretendía retratar el Japón feudal pero también la sociedad de su tiempo para expresar sus inquietudes morales y filosóficas inventando historias que narraban las contradicciones de las pulsiones humanas, el sentido de la vida o la búsqueda de la verdad. En los retratos de su época (películas como Vivir o El infierno del odio) se centran en la identidad resignada del personaje que no halla sentido a su existencia o que, directamente, está consumido por su ambición y egocentrismo. En los retratos del Japón feudal (películas como Los siete samuráis o Trono de sangre) se hallan reminiscencias a la virilidad y la maldad (personificadas en su habitual Toshirô Mifune) para narrar retratos llenos de aventura y epicidad marcados por temas como la traición, la crueldad, la injusticia, el honor, el clasismo feudal, la ambición y la violencia. Todo ello envuelto en su, tan humanista como perfeccionista, estilo de filmar envuelto de una cuidadísima estética teatral.

Fuente:

STUART GALBRAITH IV. Akira Kurosawa: el emperador y el lobo, capítulo 1: Fragmentos. España: T&B Editores, 2005. ISBN: 978-84-949584-1-5