Happy end: El agotamiento como discurso.

La falta de discurso puede llegar a ser un discurso. Entender esto es complicado y más cuando uno se enfrenta a comprender de qué va o, yendo más allá, qué es Happy end, la última película del director austriaco Michael Haneke que, además, fue detestada en la pasada edición de Cannes. Haneke ha gozado en casi los últimos treinta años de un prestigio sobrecogedor. Heredero del sadismo de Buñuel, Haneke ha echo todo lo posible por torturar todo lo puro, limpio y pulcro que hay en el mundo actual para así borrar esa capa de bondad positivista y hegemónica reinante, en su opinión seguro que ilusoria y creada por los mass media, y demostrarla impura, sucia y, en definitiva, malvada. Su cine, más allá de ser misántropo, pesimista, exagerado, apocalíptico, brillante, salvaje o, digamos simplemente, provocador es un ensayo pedagógico sobre nuestro tiempo, un ensayo elevado a la categoría de diagnostico social casi interactivo con el espectador ¿Por qué interactivo? En El vídeo de Benny (1992) el espectador mata un cerdo con una pistola, en Funny games (1997) el espectador secuestra una familia y la tortura para divertirse, en Caché (2005) el espectador graba la casa de una familia para asustarla, en Código desconocido (2000) el espectador graba a una mujer para decirle qué va a morir en riguroso directo, en La pianista (2001) el espectador imparte clases de piano a varios alumnos en un montaje de planos nadir iniciales y, finalmente, en Happy end (2017) el espectador graba con el móvil las tragedias mientras permanecen quietos como estatuas. Haneke hace un efecto espejo en que refleja sus historias y personajes en los espectadores de sus películas.

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La familia disfuncional de Happy end

Para bien o para mal, Haneke hace partícipe al espectador para intimidarle, arrebatándole el maquillaje social y confortable con el que vive su día a día. No sé si su discurso es correcto o falso, exagerado o realista, real o hiperreal…Lo que sé, a día de hoy, es que Haneke, como autor, está acabado. Su discurso se ha ahogado (junto a algún personaje de su Happy end) y ya no es fresco ni provocador. Debido a que, simplemente, es imposible provocar más al espectador (al espectador que ya le conoce, claro). Lo único que nos queda es mirar impasivos algo que nos da igual, “otra más de Haneke” (del mismo modo que a sus personajes les suele dar igual realizar actos atroces). De eso va Happy end, del final de una época, de un universo y, ante todo, de la duda de la validez de sus personajes o historias. Happy end no nos deja más remedio, sin lugar a otra opción, que reflexionar sobre la obra Hanekiana. Haneke es un director que siempre ha tratado de forma inteligente al espectador y en Happy end, aunque parezca que no, también lo hace, invitándole a dudar no solo de la realidad de sus películas, sino invitándole a desconfiar de su propia obra.

Como digo, no es fácil hablar de este “salmorejo Hanekiano” (Happy end) que funciona como una secuela de Amor con ecos a casi todas sus películas con rasgos semejantes y reconocibles entre sí: asesinato de animales, grabaciones subjetivas, niños psicópatas, familias disfuncionales, burgueses maquiavélicos, un exceso de ocio que conduce a la deshumanización, desprecio a los extranjeros, la pantalla y los mass media como eje del mal y catalizador de la crueldad de los personajes…Así piensa Haneke que es el mundo. Sin embargo (no olvidemos que ver Happy end sin conocer la filmografía de Haneke la haría harto decepcionante pese a que se la acusa de lo contrario), el final de la película, que se da entre un abuelo y una nieta con patologías hermanas que se reconocen la una en la otra, hayan la solución para arreglar esto. Esta solución es más cómica que cruel: Que los malvados se ahoguen por su propia maldad ¿El motivo? Siendo honestos, que nos importan bien poco. Ahí está al descubierto realmente el significado de la frialdad y la falta de empatía en el cine de Haneke, en un final (tildado de feliz de manera irónica desde el propio titulo) que nos obliga a ser felices de una manera impuesta. ¿Dónde se nos impone el final feliz? ¿Cuál es el final feliz? La última escena, tan cruel como cómica, producirá una sonrisa en el espectador.

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Eve vuelve a vivir con Thomas, su padre.

Happy end narra el día a día de una familia francesa y burguesa, los Laurent, que vive en Calais, al lado de los campamentos donde viven miles de refugiados. Anne (Isabelle Huppert) es la dueña de una exitosa empresa constructora además de divorciada y madre de un hijo descarriado (que incluye bailecito a lo Sia en una divertidísima escena). Anne vive con su padre (Jean-Louis Trintignant), su hermano Thomas (Mathieu Kassovitz) y su esposa Anais (Laura Verlinden), padres de un bebe. A este tinglado de personajes, mostrados por Haneke como patéticos durante toda la trama, se una la joven de trece años Eve (Fantine Harduin), hija del anterior matrimonio de Thomas. Esta familia es disfuncional, perturbada, egoísta, clasista y falsa. Los únicos diferentes son el patriarca familiar, Georges, y la niña, Eve. A ambos les une la depresión y la muerte, así como una gran diferencia generacional. Entre ellos, un fantasma freudiano, una cruel hermandad patológica, que parece ser, heredada. Un resplandor que les hace ser los únicos personajes que saben que su vida, y la de su familia que dicen amar en público, es mentira y triste. Eve, pese a su joven edad, intentó suicidarse con barbitúricos y Georges le confiesa a ella que mató a su esposa por compasión con una almohada. De este modo, Georges consigue una complice para su muerte. La reacción de la niña no puede ser más aterradora (o cómica según se mire): lo graba todo con su iphone, impasiva. Es irónico que el viejo Georges quiera morir en un océano repleto de inmigrantes que luchan cada día por tener la cuarta parte de lo que él tiene. De eso habla Haneke en Happy end, de una sociedad vacua que tiene de todo pero que ha olvidado que podría llegar a ser. Tanto que a Georges la da igual morir o a Eve grabarlo.

Paralelamente, Anne siente un terrible odio y desprecio por los inmigrantes (esto puede verse no solo cuando los desprotege ante un accidente ocurrido en su empresa sino cuando le rompe a su, poco cuerdo, hijo los dedos de la mano cuando este los traía con él en un almuerzo de gala) Es decir, tras la máscara de buenas personas concienciadas con el arte (la escena de la músico que interpreta Vivaldi), la inmigración (un accidente en la empresa de Anne causa la muerte de un trabajador, asunto que molesta al hijo de Anne, quien trata de solucionar los problemas por su propio mano), o los buenos modales (la falsedad que demuestran en cada encuentro público) se halla una terrible maldad. Eve, quien representa a la muerte, trata de liberar del sufrimiento a su familia a base de barbitúricos, como si cada miembro de su familia al que trata de salvar del sufrimiento fueran hámsters en una jaula (esto literal en la película) haciendo ecos con El vídeo de Benny, película en la que un chico de catorce años mata a sangre fría a una chica de su edad como si fuera un cerdo. Su padre Thomas se pasa el día chateando de forma lasciva y el hijo de Anne es un enganchado a las drogas. Tienen de todo (dinero, riqueza, prestigio) menos amor o la más mínima sensibilidad. De hecho, rozan la monstruosidad y el, ya mencionado, patetismo en cada escena. Otra escena digna de ser comentada es la del helado de Thomas con su hija Anne en la playa como reflejo de la falsedad que estas personas impregnan y expanden incluso entre los suyos. En conclusión, otra historia “más” de abstracciones Hanekianas, otra historia de una familia rica incapaz de controlar sus pulsiones desatadas por el exceso de comodidad o dinero.

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La familia Laurent almorzando.

Quedarse con el diagnóstico social “rutinario” que Happy end hace es lo que propicia el desprecio de la crítica y el público. Algo tan antiguo como son las expectativas no cumplidas (harto decepcionantes siempre en cualquier ámbito) Haneke no se despide, al menos en mi opinión, decepcionando. Haneke se despide ahogando el mal por el propio mal retroalimentado, contemplando a sus criaturas hundirse en el fango ellos solos. El título de la película, ese ‘Happy end’ del titulo, sería una especie de flor de loto que, por fin, ha crecido de  todo el dolor, violencia y misantropía de sus películas. Presupongo que a la gente le decepciona debido a que el “club de fans de Haneke” esperaba una película intensa y cruel sobre el horror y la sociedad occidental, consumista y capitalista y, en su lugar, hallaron una película “simplona”, “aburrida” o “carente de originalidad”. Si en Funny games parodió o satirizó la pornografía violenta a la que nos estábamos acostumbrado a través de los mass media para rebelársela al espectador, en Happy end ha desnudado los demonios Hanekianos, los suyos y exclusivamente suyos, para parodiarlos, para reírse de ellos, para, en definitiva, dudar de ellos y, por ende, el espectador también dudará. Haneke se despide de su obra cinematográfica (que no de la dirección) con ecos de su obra que están a su vez, como en el caso de Bergman con Fanny y Alexander, alejados de la obra y siendo esta accesible para toda clase de públicos. No se trata pues de un diagnóstico social sino autorreferencial pero, pese a esto, encontramos distintas variables (todas conocidas) para hacer posible un diagnóstico social en Happy end: La incomunicación con las personas debido al exceso del uso de las pantallas produciendo una deshumanización alarmante o la pasividad frente al sufrimiento de los inmigrantes. 

Toda la obra de Haneke podría ser resumida en una escena de Código desconocido en la que un joven y acomodado muchacho francés le tira los restos de una bolsa de desayuno a una mendiga por la calle a la que no ve como un ser humano siquiera. Es la realidad deshumanizada de las clases burguesas europeas de lo que siempre le ha gustado hablar a Haneke, de la oscuridad que se encuentra tras la máscara social que les proporciona confortabilidad, seguridad e incluso aires de superioridad. Desde la óptica de una macabra comedia negra, Happy end es una película diferente, arriesgada y, cuanto menos, valiente por parte de su director, un Haneke que se toma poco en serio (el espectador está acostumbrado a lo contrario) para desnudar la crueldad de “su” cine, que no la “del” cine. Haneke decide concluir su obra de una forma bastante macabra intentando, todo sea dicho, haciéndonos reír. A su manera (es Haneke).

Happy end se estrena el 20 de julio.