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The neon demon: El ego de la creación artística

Nicolás Winding Refn, director moderno y pretencioso para unos y brillante para otros. Algo así ya pasaba, y pasa, con directores contemporáneos como Lars Von Trier, Terrence Malick, Park Chan Wook, David lynch, Michael Haneke… etc. En el caso de Refn se trata de un director que, para bien o para mal, no cuenta con la palabra ‘indiferencia’ en su repertorio. Las palabras ‘estética’, ‘emoción’, ‘color’ o ‘violencia’ sí que se incluyen fervientemente en el vocabulario de uno de los directores, a mi parecer, más rebeldes, transgresores e inteligentes de nuestra época.

Su última película, The neon demon, fue recibida con críticas pésimas en la pasada edición del festival de Cannes y, sin embargo, recibió en la última edición del festival de Sitges (donde yo me encontraba por aquellos días) el Premio de la Crítica. ¿Cuestión de gustos? Hay muchas teorías acerca de lo corrosivo que es el mundo de la crítica de arte. Ya hablaron de ello antes que yo autores como Walter Benjamin o el mismísimo Orson Welles en aquel documental que resultó ser una de las mejores películas del siglo XX y titulado F for fake (Fraude en España), en el que reflexionaba sobre la mentira del arte y de sus críticos en lo que es, probablemente, uno de los ensayos cineatográficos más importantes de la historia. La reflexión termina con que quizás la expresión “cuestión de gustos” siga siendo la mejor respuesta a si una película es buena o mala. En este caso por supuesto hablo de esas personas que saben ver cine. Una de las muchas cosas buenas que tiene este trabajo de crítico, en el que llevo unos escasos tres años y en el que tengo mucho por aprender, es que conoces gente con mucho criterio que piensa como tú pero también encuentras gente con mucho criterio que no lo hace. Puede que ahí sea donde, realmente, se puede aprender a distinguir los distintos barnices de una película como The neon demon o de la figura de su director: en las opiniones contrarias, tan estimulantes y necesarias.

Realmente, y esto no es ningún misterio, me gustan los directores con un gran ego. Suelen hacer las mejores películas, las más valientes, las más rebeldes, las más ‘propia’ ́. También hay quienes tienen ego sin merecerlo, en términos estrictamente culturales o artísticos, y dirigen películas que generan poco interés o tratan de hacer mucho ruido en ese mercado tan competitivo que es el cine. Refn, Malick, Trier… son egocéntricos, vanidosos y, sí, capaces de lo mejor (así como lo peor). El ego de estos cineastas es un demonio corrosivo que se introduce en su interior (ese ‘aura’ que tienen las obras de arte de las que tanto hablaba Walter Benjamin) y parece amenazarles con destruirles sino son expulsados inmediatamente. La Creación como Apocalipsis del dolor del autor en una génesis de inseguridades y valor que les obliga a crear. En esa génesis, estos autores (que tanto han bebido de la estética del maestro Tarkovsky) se han alcoholizado, se han deprimido… y tantos otros clichés del artista atormentado (al contrario que David Lynch, que piensa que la felicidad es necesaria para la creación y que solo se puede alcanzar esta, la creación, a través de la meditación espiritual constante).

Esta claro que en esto del arte y de la creación, cada ser humano es lo que ha sido siempre: único e insustituible. Es fácil de pensar e inalcanzable de realizar que un cineasta piense “quiero ser como Buñuel, como Bergman, como Tarkovsky” ya que sólo hubo un Buñuel, un Bergman y un Tarkovsky, por lo que es imposible lograr esa metamorfosis tan soñada por muchos estudiantes de cine. Uno puede “inspirarse en” (la inspiración inconsciente es imposible de evitar, así como es imposible evitar una primera impresión de una persona al conocerla, pero sí es posible decidir que hacer con esa impresión, así como en dicha inspiración) y beber de la admiración por un director pero, en mi humilde opinión, un director debe buscar su propia mirada y no una mirada contaminada por las influencias de los demás (cosa que es lógica pero se debe tratar de distanciar al máximo). Lo que es dificilísimo a más no poder. Nicolas Winding Refn es, así como los directores mencionados anteriormente, un director que utiliza sus influencias cinematográficas para crear su propia mirada y versión de las historias (algo que siempre debería hacer un artista en cine o fuera del mismo).

Si se ven películas, maravillosas, como Holy motors (Leos Carax, 2012) que cambia por completo lo que pensábamos que era el surrealismo cinematográfico buñuelesco, Corazón silencioso (Bille August, 2015) que renovaba la visión de Ingmar Bergman (del que fue alumno) para trasladar su estética angustiosa y sus guiones exploradores del alma humana en clave contemporánea o Pozos de ambición (Paul Thomas Anderson, 2007) en la que las claves del cine de Kubrick se reconstruían con una mirada personal y propia, podremos observar cómo cineastas cinéfilos han comprendido y analizado el cine que admiraban pero no se han limitado a repetirlo, a copiarlo, eso tan odioso de decir en una sala de “esto me suena a…”. Todo está hecho y todo está contado: el dolor, la muerte, el amor, la gloria, la alegría, el caos… Pero no todo está hecho ni contado de la misma forma. De ahí que el cineasta de hoy día, en la época artística estructuralista y posmoderna, se vea obligado a crear desde lo que conoce hacía, aquello tan estimulante, que es lo que se puede conocer, lo que hay más allá de la línea del mar.

El artista es aquel que, conociendo lo que conoce, lo deja en tierra y se mete en una mar picada llena de peligros pero llega a la otra orilla. Para ello hace falta ese valor, ese ego del que hablaba al principio, esas ganas, esa intensidad. Sin valor a conocer nuevas formas de explorar un mundo que ya está explorado ¿qué nos quedaría? ¿sentarnos a vislumbrar lo ya conocido por otros? Esa es y debería ser la posición del artista, conocerse a sí mismo y a sus referentes para generar ese aura, ese alma, artístico. La conclusión de este prólogo es que la crítica no es algo por lo que meter la mano en el fuego. Veinte críticas malas en Filmaffinity no tienen más valor que una buena o, al menos, no deberían. Recordemos que Blade runner fue pésimamente recibida por la crítica. Así pues, empiezo a analizar una de las películas del año para un servidor: The neon demon.

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Jesse, una soberbia Elle Faning, es una chica que llega a Los Angeles, California, para hacer su sueño realidad: convertirse en super modelo. Esta película comienza con unos créditos iniciales de colores rojo, rosa, azul oscuro y violeta (colores que predominaran toda la película en lo que es una propuesta estética fuerte). El morado es asociado a la realeza, el poder, el lujo, la ambición, por otro lado el rosa es asociado al romance (consigo misma, vendría a significar el narcisismo de Jesse); el rojo a la pasión, la violencia, las pulsiones pasionales de la muerte y de la belleza (que en esta película, por cierto, las pulsaciones humanas, aquello qué, dotado de la razón y de la capacidad de decidir nos atrae, se convierten en instintos animales) y el azul oscuro es la parte femenina e intuitiva, los nervios, la depresión, la cara oscura de la luna, de la noche, del ser humano.

Estos colores se funden en unos majestuosos créditos iniciales, con uno de los mejores tracks musicales de este año, un gran tema de Cliff Martinez, y pasamos a una toma de fotos en las que yace Jesse muerta y envuelta en sangre. El fotógrafo le toma fotos hasta que descubre que, de golpe y porrazo y para sorpresa del espectador, Jesse ya no está en el sofá. Está fotografiando a la nada, a un elemento definido como místico, bello y violento como una chica hermosa muerta y desangrada en un sofá. El director nos está diciendo: tras todo este horror, tras toda esta belleza, tras toda esta sangre, tras toda esta industria cultural, que es la moda de alta gama, no hay nada. Es fotografiar al vacío. Todas las preocupaciones que los personajes vivirán durante las próximas dos horas no valen nada, son vacío. Es una película sobre la vacuidad del deseo de belleza o moda.

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Jesse logra introducirse en el mundo de la moda haciéndose pasar por una joven de diecinueve años cuando tiene en realidad dieciséis. La corrupción de este mundillo no es nada que nos sorprenda. “No tengo talento para nada en particular pero soy guapa y puedo ganar dinero con ello” le dice Jesse a un chico que parece vivir en el mundo real, como punto antagonista de todos esos vampiros de la moda que habitan la película. Jesse tiene un denominador común en toda la película y es que todos quienes la conocen, o van conociéndola, a lo largo de la película quieren acostarse con ella, esencialmente por la fuerza, o comérsela. Todos quieren comerse la juventud de Jesse, saborear su piel, su cuerpo… todos quieren corromper su “pretendida” inocencia para hacer a Jesse propiedad del animal furtivo que la cace primero (no obviemos ese puma que se cuela en la habitación del asqueroso motel en el que Jesse vive ni tampoco a ese leopardo que aparece en tantos planos en la mansión final que nos dice, a través del gran lenguaje cinematográfico de la película: “animal de presa”). Los seres humanos no queremos lo bello, queremos acostarnos con él o matarlo. La envidia y el amor a la belleza en esta industria que genera vampiros y perturbados aprovechados (véase ese gran Keanu Reeves que viola y mata niñas, “lolitas de trece años”, que amenaza con su presencia toda la película a Jesse) que codician esa belleza tan pura, fascinante e innata que posee nuestra protagonista.

La corrupción de una presa caracterizada por lo puro, lo bueno, lo bello… es algo que los cazadores (ese diseñador vanidoso y snob, esas tres brujas envidiosas o ese perturbado hostelero con el que Jesse tiene pesadillas) les atrae como las polillas a la luz. Las tres modelos, dependientes, depresivas, operadas, carentes de toda clase de autoestima (el director va más allá y crea un personaje necrofílico para subrayar más la perversión de estas tres brujas), beben sangre y se bañan en ella, realizan hechizos e invocaciones mágicas y diabólicas (véase el dibujo en el espejo) para adquirir la belleza de Jesse matándola (una referencia histórica a la condesa de sangre y cultural al vampirismo) y devorándola. Frente a todo el mundo, incluido ellas, Jesse finge ser un animal dócil y pacífico: es en realidad un cordero con piel de lobo. Ese animal salvaje que se cuela en su habitación proveyendo su metamórfosis que se da también con otro símbolo esencial en la película: el triángulo.

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El triángulo simboliza la perfección. Es la clave de la geometría y está en la base de la ‘sección áurea’, llamada también ‘proporción divina’. Sintetiza la trinidad del ser, como producto de la unidad del cielo y de la tierra, la suma del uno y del dos. Para Platón, el triángulo equilátero era el símbolo de la armonía, divinidad y proporción. Para los cristianos Dios es uno solo a través de tres personas: Padre, hijo y espíritu santo. Para los budistas es la triple joya: Budha, Dharma y Sangha (podéis leer más sobre esto en la novela Siddhartha de Herman Hesse, su mejor novela).

El triángulo perfecto o “sublime” es aquel cuyo ángulo superior tiene 36º y los dos ángulos de la base 72º. El 36 tiene una gran significación pues es un número que se encuentra -sea él o derivados de él- en infinidad de conceptos matemáticos, esotéricos y religiosos. Sin ir más lejos, el frontón de un templo griego, como el Partenón, contiene un triángulo con 108º (36×3) en la cúspide, y 36º cada extremo de la base. Nicolas Winding Refn no dudó en introducir triángulos en las fantasías de pasarela de Jesse ni en los collares que llevan las tres brujas que planean comérsela para adquirir su belleza, su proporción, su perfección. Tampoco es casualidad que los personajes y los planos de la película vivan, casi constantemente, en espejos. Otra película contemporánea que trataba el tema de la perfección, desde el punto de vista del ballet y no de la moda, El Cisne negro (Darren Aronofsky, 2010), también se esforzaba en reflejar constantemente el ideal de perfección (que solo se trasmite a través de la belleza) mediante el reflejo en espejos.

El triángulo de espejos en el que Jesse se ve envuelta en la escena de la pasarela (donde Refn nos pasea por los colores rojo, morado, violeta, azul oscuro y rosa) refleja la seducción de Jesse consigo misma, con su vertiente oscura. El narcisismo, la vanidad, la maldad, la perversión y su propia belleza se apoderan de Jesse para así convertirla en un perro sin correa que se deja fotografiar en pleno éxtasis sexual consigo misma.

Al final de la película, oímos una canción de Sia, Waving goodbye, que dicta así:

Two hearts, one past
I was your lover
Cruel words broke us
You became another

I’m with the enemy in my bed
When the voice in my head
Tells me I should treat myself better
I know you don’t mean to be mean
When you’re hurting you’ll see
You can see just how dark it is getting

So one hand is holding yours while
The other is waving goodbye
I love you, but it’s your turn to cry
But one hand is holding yours while
The other is waving goodbye
I love you, but it’s your turn to cry
It’s your turn to cry

No olvidemos que la cantante Sia ha sido una de esas artistas que ha sufrido incansablemente durante años con sus adicciones al alcohol, al amor falso de las fiestas, de la superficialidad… como ya evidenció en su famosa canción Chandelier. No pienso que sea casualidad que ella quien ponga voz y letra a esta canción en esta película. Unos maravillosos créditos finales, acompañados de una gran canción, que concluyen la película con la historia musicalizada de un personaje enamorado de sí mismo abandonándose en las sombras. La humanidad de Jesse frente a su oscura vanidad superficial.

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