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Sirio, la historia del Ojo en el Cielo

Situada únicamente a 8,6 años luz del Sistema Solar, Sirio es la estrella más brillante del cielo nocturno. Este será con toda seguridad el principal motivo de su importancia en la cultura y la historia de la Humanidad, pero hay más. Sirio (Sirius, en latín) puede verse prácticamente desde cualquier lugar habitado de la Tierra, y desde siempre ha tenido una relación especial con diferentes pueblos y civilizaciones, quienes, aun encontrándose a miles de kilómetros entre sí y en continentes distintos, han coincidido en elevar a Sirio a lo más alto en sus leyendas y creencias. Es una estrella mágica.

El grupo inglés The Alan Parsons Project (1975-1990) fue uno de los más experimentales durante la segunda mitad de los setenta y durante los ochenta. Descritos por Homer Simpson como “una especie de transbordador espacial”, estos rockeros progresivos jugueteaban mucho con la música electrónica. Su disco más famoso es una referencia directa a Sirio. Eye in the Sky (1982) no sólo tiene una cubierta que nos adelanta las implicaciones históricas y culturales que tiene esta estrella (vemos el Ojo de Horus, dios egipcio), sino que además comienza con Sirius, una pieza instrumental de innegable espíritu cósmico. No hay mejor manera de empezar nuestro viaje que escuchando esta música.

El Ojo que nos mira desde el Cielo

Desde lo lejos se veía subir el humo de la hoguera desapareciendo en la noche. También se escuchaban cánticos y tambores, y entre los árboles se iluminaba la aldea. El verano llegaba a las Montañas Negras, y el padre de Oukonunaka había mandado a su hijo a buscar más leña, para que el fuego alargara su vida. El joven se había alejado demasiado, pero no le importaba. Incluso sentía curiosidad por el silencio y la soledad del bosque. Ya había escogido tres buenas ramas que permitirían al chamán seguir su ritual junto a las llamas, pero Oukonunaka no estaba seguro de querer regresar. En realidad nunca le habían gustado las celebraciones estivales. Quizás por eso no había refunfuñado al recibir el encargo de su padre. 

Cuando por fin se decidió a dar el primer paso, un fantasma blanco apareció de la nada frente a su cabeza. El susto hizo que Oukonunaka tirara la leña y agitara los brazos. El grito debió espantar al espíritu, que se fue volando hacia el cielo. El chico esbozó una sonrisa y suspiró divertido al comprobar que había sido una lechuza. “Bastante grande” pensó. Nunca había visto una lechuza de ese tamaño en el bosque. Oukonunaka siguió con la mirada el vuelo del gran pájaro blanco, que rodeaba los pinos como queriendo llamar la atención. La lechuza se posó en una rama y fijó su ojos amarillos en los ojos marrones de Oukonunaka. Los pocos segundos que pasaron parecieron años. Durante el contacto visual con el ave, el joven cherokee imaginó que volaba sobre las montañas. De pronto cayó. La lechuza pestañeó y la visión se apagó. Oukonunaka se frotó los ojos y vio cómo el mágico animal emprendía su vuelo por encima de los árboles, hacia el exterior del bosque. Trató de no perderlo de vista, pero la lechuza desapareció en el firmamento nocturno. En su lugar apareció ante Oukonunaka una gran estrella que brillaba como el Sol. 

El joven se quedó un rato mirando aquel gran ojo que flotaba en la oscuridad. No sabía muy bien qué había sucedido, pero antes de su encuentro con la lechuza Oukonunaka nunca se había fijado en aquella estrella tan brillante. Se agachó a recoger las tres ramas de leña y, deshaciendo el camino, volvió a la aldea. Cuando llegó, los tambores habían parado. La hoguera se estaba consumiendo, y todos le miraban con el ceño fruncido. 

Desde la Antigüedad el ser humano ha jugado mirando al cielo nocturno. Las constelaciones son fruto de la imaginación del hombre, que se entretiene agrupando las estrellas, dibujando formas en el firmamento. La Unión Astronómica Internacional reconoce 88 constelaciones desde el año 1928, si bien Ptolomeo (100-170 d.C) ya recogió en el S.II hasta 48 agrupaciones celestes en su obra Almagesto.

Sirio se encuentra en la constelación del Perro o del Can Mayor, conocida internacionalmente por su nombre latino: Canis Maior. Por lo tanto esta estrella no sólo es ‘El Ojo en el Cielo’, sino también la ‘Estrella Perro’. La primera vez que se menciona a Sirio en un documento escrito es en el S.VII a.C de la mano de Hesíodo, quien dijo de esta estrella: ποίκιλος Σείριος (“Sirio, el que brilla en muchos colores”).

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Sirio aparece en la mitología de varias civilizaciones y pueblos alrededor de todo el mundo. Los inuit de Alaska conocían a esta estrella como el “Perro Luna”, mientras que en China se hablaba del “Lobo Celestial”. Los indios pawnee de Nebraska la llamaban “Estrella Coyote”. Todos ellos nombres cánidos y que hacen referencia a la forma de la constelación Canis Maior, que estas culturas ya habían detectado en el cielo nocturno.

En sánscrito se nombra a Sirio como Lubdhaka (“El Cazador”), y algunos indios americanos como los seri y los Tohono O’odham veían a esta estrella como un perro que perseguía a ovejas en las montañas. La relación de Sirio con la caza encuentra su fundamento en Grecia, donde existía la historia de Orión, un famoso cazador al que siempre acompañaban sus dos perros. La leyenda de Orión se escribía en el firmamento de manera muy clara: la constelación del cazador estaba acompañada por otras dos: Canis Maior y Canis Minor. En la actualidad, estas tres constelaciones (recogidas en el catálogo de la Unión Astronómica Internacional) son de las más famosas entre el gran público.

La constelación de Orión es reconocida por el curioso Cinturón de Orión, formado por tres estrellas en espectacular línea recta. Junto a esta agrupación de estrellas (entre las que se encuentran algunas gigantes como Betelgeuse, Rigel o Bellatrix) aparece Canis Maior, el perro del cazador griego. El hecho de que Canis Maior sea el perro de caza de Orión es el vínculo que une directamente a la estrella Sirio con el mundo de los cánidos y la caza. Sin embargo, algunos consideran que Sirio procede de una civilización anterior a la griega, y que está relacionada con el dios egipcio Osiris…

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La relación de Sirio con Egipto va más allá de la portada del álbum Eye in the Sky (1982) de The Alan Parsons Project. Los antiguos pobladores a orillas del Nilo consideraba a Sirio la estrella más importante del cielo. Varios de los dioses del Antiguo Egipto estaban relacionados con el Ojo del Cielo, como por ejemplo Anubis, el dios con cabeza de perro, la diosa Sothis, representada con una estrella en la cabeza (y que daba nombre a Sirio, que era conocida como Sothis por los egipcios), o también Isis, de la que se decía que era la misma estrella.

Muchos analistas han querido ver otro vínculo entre Sirio y Egipto en la disposición de las Pirámides. Hay quien asegura que la Gran Pirámide de Giza fue construida en perfecta alineación con Sothis (Sirius), para que la luz de la estrella cayera sobre la Gran Galería en la que descansaban los cuerpos de los grandes faraones. Más concretamente, la luz de Sirio iluminaría la Cámara de la Reina. ¿Relación con las diosas? Se ha escrito mucho sobre este tema, y se pueden encontrar por la red montajes curiosos.

Existe sin embargo un tercer vínculo que relaciona al Antiguo Egipto con la estrella más brillante, y es un vínculo mucho más interesante. Lejos de rumores sobre dioses y conexiones cósmicas con el Universo, este tercer vínculo que desvelaremos a continuación está basado en una realidad científica y natural muy clara. Y es bien interesante. Pero antes de analizar esta misteriosa relación con el Ojo del Cielo, recordemos de qué manera describía el poeta y astrólogo romano Marco Manilio, en el siglo I d.C, lo que ocurría en la Tierra cuando Sirio brillaba en el firmamento:

”Vomita sus llamas la canícula; quema su fuego y duplica su calor el Sol cuando lanza su hálito sobre la faz de la Tierra incidiendo con sus rayos, y el mundo brilla en sus cenizas como si hubiera llegado su fin. Las olas de Neptuno languidecen y desaparece el recuerdo de la verde savia y de las hierbas. Todos los animales buscan lejanas tierras y el mundo necesita hallarse en otro lugar. La Naturaleza misma enferma de sus propias dolencias agobiada por los calores excesivos y vive su propia muerte. Y parece como si todos los astros se centraran en uno sólo….”

¿Qué nos quería decir Manilio con esto? ¿qué extraño fenómeno estaba describiendo? ¿en qué situación las personas sufren este tipo de apocalipsis? La respuesta es bien sencilla: un cambio de estación. El comienzo del verano, la llegada de las altas temperaturas. “Desaparece el recuerdo de la verde savia y de las hierbas”.

No es casual que a Sirio se la conociera como la Estrella Perro. Era un cánido celeste que nos avisaba con sus ladridos de que llegaba el verano. Y no es una figura literaria. Efectivamente, al aparecer la Estrella Perro en el cielo nocturno llegaba la canícula (el periodo del año en el que las temperaturas son más altas en el Hemisferio Norte, aproximadamente del 23 de Julio al 2 de Septiembre). La relación es más que evidente: al aparecer Sirio (un cánido) comenzaba la estación más calurosa (la canícula). La constelación del Can Mayor está directamente relacionada con el verano.

ortoheliacosirio

Se denomina ‘orto helíaco’ a la primera aparición de una estrella por el horizonte Este después de su periodo de invisibilidad. El orto helíaco de Sirio coincidía en tiempos del Antiguo Egipto con el solsticio de verano, y con la llegada de las inundaciones a la llanura del Nilo. Así pues, el vínculo entre la mitología egipcia y la estrella Sirio se basaba en un hecho real: la coincidencia natural entre el orto helíaco de Sirio y la crecida del río.

Los egipcios tenían muy claro que lo que hacía que el Nilo creciera y que la cosecha fuera buena debía ser algo divino. Agradecían a los dioses el milagro del río, y encontraron la respuesta mirando al cielo. Allí estaba el Ojo, brillando con fuerza. Debía ser un dios. Los más sabios decidieron que el año debía comenzar el mismo día que Sirio aparecía tras el horizonte Este, adelantándose al mismo Sol en el amanecer. Conmemoraron la aparición de Sirio haciendo de ese día el primero del año. En la actualidad se calcula que se trataba del 19 de Julio, el primer día del antiguo calendario egipcio. Por la gracia de Sirius.

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Mientras los hombres colocaban la leña en la hoguera, el chamán esparcía polvo de arena roja murmurando algo incomprensible. El padre de Oukonunaka reprendía a su hijo por haber tardado tanto en regresar del bosque. “No es un lugar seguro” le repetía como tantas otras veces. Era verdad que otras tribus de cherokees moraban en las faldas de la Montaña, pero habían pasado años desde el último enfrentamiento entre aldeas. El joven de ojos marrones tenía la mirada puesta en el fuego. Oía las palabras de su padre, pero no las escuchaba. Sólo podía concentrarse en el cántico del chamán y en el baile de las llamas.

-¿Me has entendido, Oukonunaka? -le dijo su padre agarrándole con fuerza por los hombros.

El chico asintió sin decir nada. Sabía que la celebración de la llegada del verano era muy importante para su padre y para el resto de la aldea. Todos los años se cantaba junto al fuego y se daban las gracias a los dioses. Oukonunaka nunca había sentido atracción por las fiestas estivales. A él le interesaban los misterios del bosque y del cielo.

-Deja al chico, Atohi -la voz del chamán llamaba al padre de Oukonunaka-. Ya es adulto para conocer la diferencia entre lo correcto y lo aventurado. 

-No distingue entre un perro y un lobo -dijo el padre levantando algunas risas en la plaza. La hoguera volvía a arder con fuerza. 

Atohi era un hombre respetado en la aldea. Rápido cazador y eficaz leñador. Se movía entre los árboles como los salmones en la corriente. Las mujeres le miraban más desde que enviudó, y eso incomodaba a Oukonunaka. Desde aquel negro día en el que los osos salieron de hibernar, la relación con su padre se había enfriado. 

-¿Sabes lo que es esto, Lechuza Blanca? -preguntó el chamán al joven mientras despedía a Atohi con la mirada. Oukonunaka quedó sorprendido. ¿Cómo le había llamado? El viejo extendió un puñado de polvo rojo hacia el chico-. Es sangre de dioses. Los hombres la recogen cerca del río, donde el agua es colorada. Yo la machaco con piedra hasta hacerla polvo. Es sangre de dioses.

-¿De qué dios? -Oukonunaka no era muy dado a mantener el misterio. Él quería saber.

El chamán sonrió. “De todos ellos”, dijo. Y le explicó: Todos los dioses del bosque mueren alguna vez. Luego vuelven a la vida, pero su sangre queda manchando la tierra. Cerca de la Pequeña Cascada, donde el río hace una poza, la tierra es rojiza. Allí murió un dios no hace mucho. El polvo que lanzo al fuego permitirá al dios regresar al Mundo de los Vivos, y si es magnánimo nos recompensará con lluvias y buena caza. 

-¿Ha recuperado a algún dios alguna vez? -aunque le fascinaba la idea de poder revivir a los dioses echando su sangre pulverizada en una hoguera, el chico dudaba que fuera posible.

-¿No me crees? -en ese momento Oukonunaka temió haber enfadado al chamán, que se giró hacia los hombres. Los tambores dejaron de sonar y la gente miró al sabio. Atohi miró a su hijo-. ¡Este joven no cree en mis poderes! 

El viejo acompañó al chico hasta el centro de la plaza. Todos le miraban. “Voy a mostrarte el último dios que he recuperado, siéntate”. Como cada vez que comenzaba una de sus historias, todo el mundo cerró el círculo alrededor del chamán. Sentados sobre sus piernas, mujeres y hombres, adultos y niños, esperaron a que el sabio les iluminara. En todos los ojos se reflejaban las llamas del fuego, y en los de Oukonunaka brillaba la llama de la curiosidad. El hombre empezó:

“Hará unas semanas que resucité a un nuevo dios. Era un lobo del bosque, que murió en las Montañas Negras, y cuya sangre conseguí convertir en polvo de arena. Al esparcirla sobre la hoguera las llamas subieron veinte palmos hacia el cielo. Supe entonces que el lobo había sido liberado y volvía a la vida. Pero no regresó al bosque -el chamán negó cerrando los ojos-, no volvió a correr entre los árboles ni a cazar animales. El Dios Lobo no resucitó para volver a su forma animal. No entendí qué había sucedido. Esa noche no pude dormir. Salí de la tienda cuando la aldea soñaba y, en la quietud del bosque, pude ver con claridad y comprender. El dios lobo había subido al firmamento, y ocupaba un lugar central y brillante en el universo -el viejo indicó a los hombres que apagaran el fuego. Se mantuvo en silencio. Cuando las llamas quedaron reducidas a cenizas y la columna de humo pasó a ser un fino hilo gris, el chamán continuó-. Desde ese día hay una nueva estrella por la noche, y es sin duda la estrella de un dios.”

-¡Mirad! ¡Es verdad! -la gente estaba asombrada ahora que, sin la luz de la hoguera, podían ver claramente el cielo nocturno. Nunca se habían fijado en aquel Ojo brillante que ahora pendía sobre su aldea. 

-¡Silencio! -el sabio no había terminado-. Esa estrella que veis ahora no existía antes de resucitar al dios lobo. Apareció cuando el alma del dios subió al cielo. Cada vez que muere un hombre o una mujer, su espíritu atraviesa el Camino de las Almas -“Yo he visto un espíritu en el bosque”, pensó Oukonunaka-. Ese camino está bien guardado por los dioses animales, que guían a los muertos hasta el fondo negro del firmamento. Al llegar se convierten en astros, y brillan durante una eternidad, vigilando a sus familiares y protegiéndolos. Pero esas estrellas más brillantes que podéis ver no son simples hombres o simples mujeres. Son dioses, y han dejado la Tierra para cuidar y guiar a nuestros muertos. 

El viejo siguió explicando que había muchas estrellas porque eran muchas las personas que habían muerto desde la creación del mundo, y que había tan sólo unas pocas estrellas de dioses, que destacaban entre las demás. Recordó al dios lobo que se había unido a ese conjunto de dioses brillantes en el cielo, y habló de cómo consiguió resucitarlo. Oukonunaka no dejaba de mirar hacia la noche. Sentía que todavía no comprendía todo ni nada. ¡Estaba tan lejana la verdad de su aldea! ¿Cómo podía alcanzar a comprender ese universo que parpadeaba sobre su cabeza? Quizás la respuesta estaba en ese último dios que había subido al cielo, la Estrella Lobo, aquella con más luz. El joven dejó de fijarse en las estrellas de dioses, ocupaban demasiado la atención de las personas de la tierra. Escudriñó aquel manto negro, intentando encontrar algo en su profundidad. Intentando recordar a alguien. Buscando respuestas. Cuando algo le devolvió a su aldea. “Tu madre también brilla ahí arriba, Lechuza Blanca -el chamán señaló al cielo estrellado-, y es ese el brillo más importante”.

En el imaginario indígena y antiguo encontramos que Sirio es tanto un gran Ojo que simboliza lo más divino como un perro que avisa de que llega el calor y que ayuda a cazar a su amo Orión. Entre estas dos concepciones de la estrella más brillante del cielo, los egipcios se inclinaron por la primera, dando a Sirio categoría de dios. Los escandinavos también, pues llamaban a esta estrella “la Antorcha de Loki”. En cambio los pueblos americanos vieron este cuerpo celeste como una parte de un todo (la constelación Canis Maior) y relacionaron a Sirio con los perros, los lobos y los coyotes.

La escritora Raven Hail (1921-2005) cuenta en su libro Cherokee Astrology que este pueblo consideraba a Sirio y a Antares (otra gran estrella, la más brillante de la constelación Escorpio) como una pareja de perros-lobo guardianes que custodiaban los dos lados del llamado “Camino de las Almas”, que conducía a la otra vida. Podemos imaginar a los indios mirando al cielo nocturno y pensando que esas dos brillantes estrellas, una a cada lado del firmamento, guardaban la entrada al Más Allá.

Sirio y la filosofía: sabiduría, verdad y conocimiento 

El capítulo 53 del Corán se titula An-Najm (La Estrella), y tiene un versículo que dice: وأنَّهُ هُوَ رَبُّ الشِّعْرَى, y que se puede traducir como: “Él es el Señor de Sirio, la Poderosa Estrella”. La relación entre Sirio y el poder y las deidades es muy repetida en varias civilizaciones del mundo. En la India, esta estrella se conoce como Mrgavyadha (“El Cazador de Ciervos”), y representa al dios Rudra, así como en Egipto Sirio representa a la diosa Isis.

¿Qué es lo que diferencia a un dios de un hombre? Podríamos decir que principalmente, además del hecho de la inmortalidad u otras características materiales/físicas, lo que diferencia a un ser divino de un simple ser humano es la sabiduría. Los dioses son sabios, tienen conocimiento de la verdad absoluta. Y en ese sentido se ha especulado mucho sobre las aptitudes ilustrativas de Sirio.

Famosa es la historia del pueblo de los dogones, originarios de Malí, de los que se dice que adquirieron conocimientos astronómicos superiores gracias a la visita de extraterrestres llegados de Sirio. Esta leyenda se puede encontrar en muchos sitios de Internet, pero lo cierto es que los dogones, que ciertamente sabían mucho sobre astronomía y sobre Sirio, aprendieron todo tras un proceso de contaminación y asimilación cultural, esto es, de la visita de occidentales. Aun así la relación entre Sirio y el pueblo dogón es una muestra más de que la estrella más brillante del cielo se relaciona con la sabiduría, pues se llegó a creer que los dogones debían sus conocimientos directamente a Sirio.

De manera más fundamentada, pero igualmente cuestionable, se ha hablado de la estrecha relación que supuestamente existe entre Sirio y las sociedades secretas. En especial es la masonería, aparecida a principios del S.XVIII en Francia y extendida más tarde de manera internacional, la institución de carácter secreto que más se ha relacionado con esta estrella. El simbolismo masón tiene muchos puntos en común con todo lo que rodea a Sirio (ojos, círculos, estrellas, luz…) y además es importante tener en cuenta que el objetivo principal de la masonería es la búsqueda de la verdad.

sirius12_10Cuando los egipcios o los nativos americanos miraban al firmamento y veían esa gran estrella brillante, no tenían dudas de que se trataba de una especie de dios, por ello en la cultura, en las inscripciones, en las leyendas y en el acervo que ha trascendido de estas civilizaciones aparece Sirio como un símbolo de sabiduría suprema y divina. Además, este dios en concreto era uno que observaba continuamente a la Tierra y a las personas, por lo que su representación en forma de Ojo era bien común.

El Ojo de Horus (que aparece en la cubierta del disco Eye in the Sky) es uno de los símbolos a los que se acude en la masonería para representar la sabiduría. Horus, “El Elevado” en la mitología egipcia, era el dios celeste, el Señor del Cielo. También conocido como “El Único en las Alturas”, no es difícil imaginar que se relacionaría con la principal estrella del firmamento. Así, para ilustrar la búsqueda de la verdad absoluta y del conocimiento completo, los masones imaginaban normalmente escaleras que subían hasta el cielo, hasta Sirio, que era ilustrado como una estrella brillante con un ojo en su interior (el Ojo de Horus, seña de la sabiduría del dios egipcio).

Junto a la Luna y al Sol, en la francmasonería Sirio es el símbolo más importante. Relacionando a la Luna con Isis y al Sol con Osiris, los masones creen que de las dos fuentes de conocimiento (el bien y el mal, el blanco y el negro, lo femenino y lo masculino) nace el hombre perfecto: Horus, que encuentra su representación con la estrella Sirio. Este hombre perfecto, lleno de sabiduría y conocimiento, ha conseguido encontrar la liberación. Así pues, Sirio, el Ojo en el Cielo, se relaciona directamente con la liberación personal, a través de la adquisición de conocimiento y de alcanzar la verdad absoluta.

Una muestra más de esta asociación la vemos en la cultura popular. En la película Pinocho (1940), la estrella que guía y estimula al joven niño de madera es Sirio. Además, de la obra literaria Las Aventuras de Pinocho (1882), escrita precisamente por un autor masón como era el italiano Carlo Collodi, se puede extraer la siguiente enseñanza: “El camino correcto se alcanza a través del conocimiento y la sabiduría. Lo que había sido un tronco de madera y luego una marioneta, se convirtió finalmente en una persona real, tras superar las adversidades que se le presentaron”, según palabras del presidente del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española.

Por otro lado, y como ejemplo más reciente, vemos una clarísima referencia a las dotes liberadoras de Sirio en la película El Show de Truman (Peter Weir, 1998). Con un estupendo guión que mereció una nominación al Oscar, esta genial película que analizamos en otros artículos (en este y en este otro) trata del proceso que sigue un hombre que quiere saber qué ocurre a su alrededor, que quiere comprender el mundo que le rodea. Quiere conocer la verdad, al fin y al cabo.

En una de las primeras escenas de la película, Truman sale de casa y se ve sorprendido por algo que cae del cielo. Se trata de un foco de luz, del típico foco que hay en los sets de rodaje. Aquí ya encontraríamos bastante relación con el tema de Sirio: el cielo, la luz… pero Peter Weir no pudo ser más directo con su simbolismo: en el foco hay una pegatina en la que se puede leer literalmente: “Sirius (Canis Major)”. Poco discreto pero muy ilustrativo. Será esta sorpresa la que haga que Truman comience a cuestionarse la realidad e inicie su particular viaje hacia la liberación y el conocimiento.

Evidentemente Sirio aparece aquí de nuevo como imagen de la sabiduría. Incluso con un toque divino: un objeto que ha caído misteriosamente del mismo cielo para avisar a un hombre. En ese momento, Sirio está señalando a Truman el camino hacia el conocimiento verdadero, le está iluminando, conduciéndole hacia la verdad. El Ojo de Horus, el Ojo en el Cielo, la estrella más brillante nos guía hacia la sabiduría. Igual que los egipcios contemplaron ese Ojo centelleando en el firmamento, igual que los indios bailaban bajo la sabiduría de la estrella, Truman mira hacia el cielo sobre su cabeza para cuestionarse la realidad del mundo y buscar respuestas. Y allí está Sirio para dárselas.

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La historia del chamán no había convencido a Oukonunaka, que se fue a dormir sin dejar de pensar en el Gran Ojo que le había mirado en el bosque. ¿Acaso había sido la lechuza, convertida en estrella? ¿eran aquellos puntos blancos las almas de los que ya no estaban en la tierra? Quizás el viejo tenía razón, como casi siempre según el resto de la aldea, y aquella estrella recién aparecida era el dios lobo resucitado. Pero Oukonunaka no estaba seguro de creérselo. 

Sobre el montón de pieles que hacían de cama el joven se revolvía sin encontrar la comodidad ni las respuestas que buscaba. No podía dormir. ¿Por qué le había llamado ‘Lechuza Blanca’?  Escuchaba los ronquidos de Atohi, fiel creyente de las palabras del chamán. Su padre le había repetido varias veces antes de irse a dormir que hiciera caso al viejo, que era el más sabio de la aldea y portador de la verdad verdadera. Oukonunaka no le iba a hacer caso. De pronto se apartó las pieles y se levantó. Sintió frío en los pies.

Abandonó la tienda sin hacer ruido, y regresó a la plaza de la aldea, donde ya no quedaba nadie. Los restos de la hoguera desprendían un débil humo que se perdía en la noche. ¿Encontraría restos del polvo rojo entre las cenizas? El chico recordó las palabras del chamán. “Cerca de la Pequeña Cascada, donde el río hace una poza, la tierra es rojiza. Allí murió un dios no hace mucho”. Oukonunaka había estado varias veces en la cascada, las mujeres solían lavar la ropa en esa zona del río. Quizás era por la noche cuando los dioses animales se acercaban a morir junto al agua. 

Su espíritu curioso crecía cuando no encontraba respuestas, y Oukonunaka decidió que las encontraría en el bosque. Corrió a través de los árboles esquivando ramas y piedras, no quería parar. Cuando finalmente llegó hasta el río un escalofrío le recorrió el cuerpo. Estaba solo. No había nadie a su alrededor, sólo los animales que le miraban escondidos en lo alto de los pinos. Jadeando se acercó a la orilla y se agachó. La cascada quedaba unos metros más arriba, pero la arena roja ya se comenzaba a adivinar en el suelo. Caminó durante un rato remontando el curso del río y llegó hasta la poza donde se lavaba la ropa y donde morían los dioses, según el chamán. La cascada tenía poca agua, pero el ruido del goteo constante era ensordecedor en la noche. 

Oukonunaka creyó oir algo moviéndose en la otra orilla, y por un momento sintió miedo. Pero él no era un chico asustadizo, se consideraba bastante valiente. Su padre estaba de acuerdo en eso. Los demás jóvenes cherokee no se atreverían a adentrarse solos en el bosque, pensó Oukonunaka para vencer el miedo. “Hay muchos animales y las ramas crujen”. Trató de olvidar los sonidos y se concentró en buscar respuestas en la arena colorada que en ese lugar lo cubría todo. En realidad no quería respuestas, sino confirmar sospechas. Y el chico sospechaba que aquello no era sangre de dioses. Era simple arena que, por alguna extraña razón, era de color rojo. Se quedó un rato pensando, jugando con puñados de arena, observándolos atentamente. Pero nada. ¿Por qué iba él a poder saber cómo funcionaba la naturaleza, después de todo? ¡Era sólo un chico!

“Si los adultos cuestionaran al chamán, quizás ellos sí podrían encontrar respuestas”. Oukonunaka aun era muy joven, y pareció aceptar en ese preciso momento que no estaba a su alcance poseer todos los conocimientos del mundo. Iba a desistir de seguir preguntándose y a volver a casa cuando una piña cayó junto a sus pies. Miró sobre su cabeza. Los pinos se movían levemente bajo el firmamento. Allí estaba ella, mirándole. Recogió la piña. ¿Otro mensaje de la Estrella Lobo?

Era la estrella más brillante que había visto nunca. Pero que no la hubiera visto antes no significaba que no hubiera estado siempre allí, pensó. ¿Era posible que nunca se hubieran fijado en aquel punto tan luminoso? Sea como fuera, estaba allí, destacando entre las demás estrellas, que a su lado parecían luciérnagas. En los ojos de Oukonunaka brillaban todos esos puntos de luz, iluminándole las ideas. Agarró la piña con las dos manos y suspiró profundamente. Estaba en completa conexión con la tierra, con el bosque y con el enorme universo que tenía encima suyo. En ese momento supo que no dejaría nunca de buscar. Él quería saber. No quería que le contaran. Quería conocer. 

No sabía por qué la arena era roja, no sabía por qué unas estrellas brillaban más que otras, no sabía muchas cosas del mundo que le rodeaba. Pero allí, en ese instante, estando solo en el bosque, acompañado únicamente por el sonido de la Pequeña Cascada, tenía muy clara una cosa: había sido aquella estrella la que había despertado su interés por encontrar otras respuestas.

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